EPÍSTOLA 42
Tal vez en dos o tres epístolas más, tal vez en dos o tres vidas más, tal vez en dos o tres años más, tal vez en dos o tres semanas, tal vez en dos o tres palabras más, yo me arrepentiría de sentir lo que siento. O no.
Pero no es cierto, nada es cierto aquí, lo he dicho hasta el fastidio. Nadie puede arrepentirse de su propia naturaleza. ¿Cómo arrepentirme de ser mujer, de ser esta mujer? Acaso no sería ello blasfemar contra los designios de quien así me ha dotado, con tan mala figura para sostener apenas un par de mis tibias oraciones.
Es que no puede una, Condesa L, arrepentirse de lo que simplemente es, o ha sido, o hubiera sido y sería y será… Es que no habéis perdido el tiempo, hermosísima Condesa; es que ese tiempo también ha sido vuestro: “Una puede decirse, maldito el día en que lo conocí; o bien, una puede decirse, ese momento también fue mío, y no agregar nada, nada de nada, no hay de qué”, como rezan las sabias palabras de mi maestra Valenzuela. ¿Acaso no ha sido la propia alma nuestra quien se ha regocijado entre esos brazos amados? Bendito sea nuestro creador, que con tan maravilloso don de entrega y esperanza nos ha concebido en piel de estas hembras, siempre en busca del amor. Bendita sea la fuerza que nos impulsa a sentir la cadencia de sus dedos en peregrinación por los pliegues erectos de nuestra ansiedad. No os ceguéis con la alucinación de la culpa, del reproche, del mal humor de vuestros nobles sentimientos, que si nobles han sido, nada tenemos que agregar a la dicha de que hemos sido capaces.
Vos no sois quien padece disfunción en vuestros afanes, querida Condesa L; el vigor de vuestros impulsos está intacto, lo demuestra la gran pasión que manifestáis al conducir vuestras palabras por los pliegues del hubiera, del fue, de la entrega que vos misma encarnáis.
Porque tiene mirada de águila, vuestro hombre os verá, querida; porque tiene oído fino, vuestro hombre escuchará el canto suyo, amada Condesa; y porque tiene vuestra misma enorme pasión, el que ha de ser vuestro hombre os deseará con el mismo vigor que vos concebís la entrega plena. El que ha de ser ya es, querida y hermosa amiga.
Una sólo debe remitirse, en estos casos, querida, a narrar con objetividad la situación; tal cuenta o cuento os da en sí mismo la realidad, y cuando una tiene ojos, mira; y cuando una tiene oídos, escucha: vuestro ilustre y muy real saltimbanqui os lo ha dicho en plenitud de la potestad de sus propias palabras: sus sentimientos están confundidos; y, mirad, Condesa, vos bien lo sabéis: el amor no es confusión, es claridad suprema, es entrega y voluntad de ser con el otro. ¿Os sentís clara cuando estáis con él, os sentís entregada, plena? ¿Es que puede vuestra voluntad entregarse a las condiciones que un amor tan desapegado os ofrece? Perdonad el atrevimiento de mis interrogatorios, pero vos sois también un espejo de mis dudas, querida Condesa L.
Señora, se trata de volver en sí; regresar a una misma, quiero decir. Una y otra vez y de nuevo: regresar al centro de una misma. Yo, sin sexo, por ejemplo, bueno… De algún modo, por Dios, porque la carne es carne de nuestra alma, vehículo divino de nuestros impulsos vitales; y heme aquí citando a mi querido amigo, Maese E, pintor de los Reales Corazones de nuestra corte de ficción. Es en cuerpo y alma que nuestra ánima se entrega, soplo divino y animal que somos, en una misma nomenclatura, individuales nuestras partes concomitantes: mujeres de una sola pieza: mujeres, éstas mujeres, en lo propio, en lo peculiar, en lo común y en lo vulgar, en la salud y en la enfermedad.
Es que quizá algunos de entre ellos puedan habernos engañado, querida, ciertamente, tampoco les justifico nada; pero no podemos caer nosotras en la misma desgracia: desgraciadas, infelices no podemos ser también nosotras, querida: no debiéramos, pues, engañarnos; debiéramos permanecer fieles nosotras sí, debiéramos sostener nuestra palabra y nuestro amor, por encima de cualquier impotencia propia. ¿O es que por considerarla inútil, habremos de amputarnos la esperanza? ¿O es que, como a él, a vos tampoco os excita ya nada? Os lo pregunto porque me lo pregunto a mí, porque tal ha sido la circunstancia de terrible desapasionamiento que he vivido en estos días, antes de tan inesperada visita acecina en este recinto que es el Más Allá…
Ah, DeLira, por cierto, monotemáticamente hablando: cuán grande pasión he descubierto al filo de vuestras agudas palabras (que siguen siendo graves, pero en tersura de oculta y frágil caracola bajo la apariencia agresiva de vuestras brillantes armaduras de caballero delirante. ¿Acaso vos mismo sois un funámbulo también?)
Ha sido mi amigo amado quien ha tocado con la punta de sus dedos el cristal líquido de mi ventana. Es que no puede una sustraerse a sus propios impulsos, DeLira; es que la gravedad me seduce, y caigo a tierra cual manzana de la tentación… No hallo aún las palabras para narrar el tiempo: si vos escucháis el galope contundente de los tiempos por venir, alisto yo en acto de fe mis pocos ajuares para emprender de nuevo el camino, la peregrinación de estas aves de fuego que somos, al reencuentro con nos, con cada una y en la comunión de nuestra carne vuelta verbo por influjo de nuestro cuerpo, recinto encantado donde moran nuestras ansias de mujer…
Dadme la venia de vuestra paciencia, queridas todas jijas de la noche de luz intensa…
En preparativos para cruzar los interminables reinos de Más allá en busca de mítico Lugar Común
Más suya. Señora C.
martes 7 de julio de 2009
martes 30 de junio de 2009
50 EPÍSTOLAS REGRESIVAS
EPÍSTOLA 43
Dios, quítame el dolor. El dolor de saber que no hay dolor. Lo extraño. Qué extraño. Mi alma es gitana y gusta de seguir las melódicas distorsiones del viento entre los ventanales de asfalto. Tic-tac. Es el tiempo quien rasguña tu puerta como la garra de un demonio. Tic-tac. Es el tiempo quien gime bajo tu cama, a la espera de que duermas para caerte encima y desgarrar tu vientre. Sí estoy bien, y en apariencia mi amado también lo está, eso nos dicen, dan parte por ahí los cortesanos tras las tardes de tertulia y salón de juegos. Que, en definitiva, no se nos ve devastados, a ninguno. Es cierto: nadie se muere de amor. Y sí, amigo, la boca se te llena de razón: qué infinitamente más simple es de este modo: cada quien. Pero qué infinitamente más tibio, también, me resulta. Soy así. Me gustan las grandes hogueras, jugar al hogar, danzar al fuego del ritmo. Por eso te extraño. Por eso me extraño en esa entrega, más bien; la intensidad que ha surgido a tu contacto. Y ahora temo sentirla de nuevo. Sin embargo, ahí está el tic-tac que me indica el camino. Es que, justo, no es feminismo: nosotras no somos la mujer maravilla, somos una mujer, eso estamos diciendo: una mujer, y necesitamos un hombre. El que se desvele a nuestro lado para apoyar la faena, junto a quien hemos de desvelarnos para ayudarle en la propia. Des-velarnos. De-velar-nos. Develarnos los unos a los otros: des.nudarnos los unos a los otros, des-anudarnos los unos a los otros.
Dios, quítame el dolor de saber que no hay dolor, dame serenidad. Yo quería el amor, queridas: el amor está conmigo. Ojalá esta vez sea yo más sabia, mucho más sabia que nunca, para saber guardar silencio. Y no, con mi amigo no se trata de que queramos cosas distintas, queremos lo mismo, sólo que yo lo quiero con él, y él sin mí o conmigo aparte. Así es hoy. Sólo por hoy. Y si de tal modo hubiera sido su actuación y su palabra, yo quizá no tendría ahora esta desazón, o sí. Pero ningún guerrero se conforma con ausencias cuando ha sido invitado a la revolución: un guerrero es carne de cañón, no musa inepta. Lo lamento, lamento en lo profundo que mi alma también sea de guerrero; escuchad, DeLira: tenéis la boca atascada de razón; por eso me aguanto: como los machines. Y porque ni siquiera tengo el amparo del rencor, sólo la tristeza del famoso hubiera… Porque ahora yo quisiera poder aceptar la propuesta de mi amigo hermoso, verlo de vez en vez, cuando se pueda, charlar o hacer el amor y ya, sin mayor trámite; pero no puedo hacerlo, porque vivimos ya otra cosa y el alma no se con-forma con menos. Es así esta alma tontuela, que prefiere quedarse con las manos vacías antes que prostituir de ese modo un amor que es de entrega. Y por eso lo extraño. Y por eso me extraño a mí en tan maravillosa vía.
Por hoy, resguardar el ánima. Esta metamorfosis, queridas, me está costando la gravedad. Quitarle gravedad, para volar. Porque mi amigo tiene razón: está hermosa la vida. Así sea. Así es. Y porque es frágil la vida, nos toca salvaguardar los cristales iridiscentes de la intensidad, amadas brujas.
Nos toca salvaguardar la fe, intentarlo una vez y otra, hasta la crucifixión: revolución, hoy, es decir cuánto nos amamos. Condesa L, es verdad: en el mundo no hay tanto amor como parece, nos toca plantar la semilla, para reforestar los bosques de la comunión entre el hombre y la mujer, entre los unos y los otros: por eso nos travestimos, somos mujeres, feministas, femeninas, madres, hijas, hadas, caballeros andantes, señoras de la calle y machines. Nos toca ofrendar el amor, una y otra vez, aunque caigamos por tierra y en los abismos: tener fe, para que se cumpla la profecía de la Infanta U, y otras generaciones tengan oportunidad de conocer el amor. El amor también es verbo y algunos le llaman Dios, sólo por contemplarnos en una imagen común. Y nosotras, amadas, pertenecemos a una nueva tribu femenina posmoderna global y neoliberalizada a güevo. Formamos un clan, para sobrevivir, frente a los monstruos que acechan nuestras cuevas sin hombre. Sacamos la garra por los hijos que no tenemos, compartimos la ración que nosotras mismas cazamos, juntas recolectamos los pocos frutos de la jornada para regalarnos el dulce de nuestras palabras de aliento. Es el plan B, queridas: sin el señor B; cuál feminismo ni qué mi abuelita en triciclo, como dice mi padre. Falta el compañero, y falta entrañablemente, encarecidamente falta el compañero, Dios, DeLira, Infanta U, Condesa L, Duquesa D, Isthar… No me juzguéis, os lo ruego; no lo juzguéis a él, os lo suplico. El corazón va donde quiere ir, nada lo obliga, nadie puede forzarlo. Y mi corazón está con mi amigo y con vosotras…
Por rumores que atraviesan el tiempo y llegan provenientes de las tertulias de la corte de nuestro mítico Reino de Voz, sé que mi amigo ha vuelto a tierra nuestra. Perdonad todos, también tú amigo, pero no está mi alma para contemplar presencia tan amada. No puedo todavía. Casi me avergüenza decirlo. Pero es mi deber declarar todos mis bienes frente a la hacienda celestial de vuestra corte Real. Y voy a lamentarlo las horas que sea necesario que así fluya el llanto. Es el agua que todo lo purifica y hace brotar la semilla de la tierra. Hoy hay que llover-se. Me ancla la silla por el tendón de las vocales. Hay parálisis general de mis sustancias. Necesito soltar amarras. Soltar el nudo que amarra las velas a la verga e izar los sentidos al tiempo. Silencio.
Dice mi pretendiente, el poeta del sexo y el amor, que el luto se acaba quitándose la ropa, cambiando de hábitos. Pero el luto es también el tiempo de la esperanza, es el tiempo de la espera. El luto es la oscuridad donde el subsuelo protege la semilla.
Por lo pronto, hoy es la jodidera, no hay inspiración desde hace unos días, ando desapasionada. Y en realidad en este momento no se trata de contar con un muso. Pero sí. Un muso inspirador, no un muso inepto. O no. Tal vez no…
Aguardad, queridas, silencio: alguien toca por la otra ventana, vive Dios. ¿Quién puede llamar a estas alturas? ¿Quién ha llegado a visitarme hasta Más Allá?
Dios, quítame el dolor. El dolor de saber que no hay dolor. Lo extraño. Qué extraño. Mi alma es gitana y gusta de seguir las melódicas distorsiones del viento entre los ventanales de asfalto. Tic-tac. Es el tiempo quien rasguña tu puerta como la garra de un demonio. Tic-tac. Es el tiempo quien gime bajo tu cama, a la espera de que duermas para caerte encima y desgarrar tu vientre. Sí estoy bien, y en apariencia mi amado también lo está, eso nos dicen, dan parte por ahí los cortesanos tras las tardes de tertulia y salón de juegos. Que, en definitiva, no se nos ve devastados, a ninguno. Es cierto: nadie se muere de amor. Y sí, amigo, la boca se te llena de razón: qué infinitamente más simple es de este modo: cada quien. Pero qué infinitamente más tibio, también, me resulta. Soy así. Me gustan las grandes hogueras, jugar al hogar, danzar al fuego del ritmo. Por eso te extraño. Por eso me extraño en esa entrega, más bien; la intensidad que ha surgido a tu contacto. Y ahora temo sentirla de nuevo. Sin embargo, ahí está el tic-tac que me indica el camino. Es que, justo, no es feminismo: nosotras no somos la mujer maravilla, somos una mujer, eso estamos diciendo: una mujer, y necesitamos un hombre. El que se desvele a nuestro lado para apoyar la faena, junto a quien hemos de desvelarnos para ayudarle en la propia. Des-velarnos. De-velar-nos. Develarnos los unos a los otros: des.nudarnos los unos a los otros, des-anudarnos los unos a los otros.
Dios, quítame el dolor de saber que no hay dolor, dame serenidad. Yo quería el amor, queridas: el amor está conmigo. Ojalá esta vez sea yo más sabia, mucho más sabia que nunca, para saber guardar silencio. Y no, con mi amigo no se trata de que queramos cosas distintas, queremos lo mismo, sólo que yo lo quiero con él, y él sin mí o conmigo aparte. Así es hoy. Sólo por hoy. Y si de tal modo hubiera sido su actuación y su palabra, yo quizá no tendría ahora esta desazón, o sí. Pero ningún guerrero se conforma con ausencias cuando ha sido invitado a la revolución: un guerrero es carne de cañón, no musa inepta. Lo lamento, lamento en lo profundo que mi alma también sea de guerrero; escuchad, DeLira: tenéis la boca atascada de razón; por eso me aguanto: como los machines. Y porque ni siquiera tengo el amparo del rencor, sólo la tristeza del famoso hubiera… Porque ahora yo quisiera poder aceptar la propuesta de mi amigo hermoso, verlo de vez en vez, cuando se pueda, charlar o hacer el amor y ya, sin mayor trámite; pero no puedo hacerlo, porque vivimos ya otra cosa y el alma no se con-forma con menos. Es así esta alma tontuela, que prefiere quedarse con las manos vacías antes que prostituir de ese modo un amor que es de entrega. Y por eso lo extraño. Y por eso me extraño a mí en tan maravillosa vía.
Por hoy, resguardar el ánima. Esta metamorfosis, queridas, me está costando la gravedad. Quitarle gravedad, para volar. Porque mi amigo tiene razón: está hermosa la vida. Así sea. Así es. Y porque es frágil la vida, nos toca salvaguardar los cristales iridiscentes de la intensidad, amadas brujas.
Nos toca salvaguardar la fe, intentarlo una vez y otra, hasta la crucifixión: revolución, hoy, es decir cuánto nos amamos. Condesa L, es verdad: en el mundo no hay tanto amor como parece, nos toca plantar la semilla, para reforestar los bosques de la comunión entre el hombre y la mujer, entre los unos y los otros: por eso nos travestimos, somos mujeres, feministas, femeninas, madres, hijas, hadas, caballeros andantes, señoras de la calle y machines. Nos toca ofrendar el amor, una y otra vez, aunque caigamos por tierra y en los abismos: tener fe, para que se cumpla la profecía de la Infanta U, y otras generaciones tengan oportunidad de conocer el amor. El amor también es verbo y algunos le llaman Dios, sólo por contemplarnos en una imagen común. Y nosotras, amadas, pertenecemos a una nueva tribu femenina posmoderna global y neoliberalizada a güevo. Formamos un clan, para sobrevivir, frente a los monstruos que acechan nuestras cuevas sin hombre. Sacamos la garra por los hijos que no tenemos, compartimos la ración que nosotras mismas cazamos, juntas recolectamos los pocos frutos de la jornada para regalarnos el dulce de nuestras palabras de aliento. Es el plan B, queridas: sin el señor B; cuál feminismo ni qué mi abuelita en triciclo, como dice mi padre. Falta el compañero, y falta entrañablemente, encarecidamente falta el compañero, Dios, DeLira, Infanta U, Condesa L, Duquesa D, Isthar… No me juzguéis, os lo ruego; no lo juzguéis a él, os lo suplico. El corazón va donde quiere ir, nada lo obliga, nadie puede forzarlo. Y mi corazón está con mi amigo y con vosotras…
Por rumores que atraviesan el tiempo y llegan provenientes de las tertulias de la corte de nuestro mítico Reino de Voz, sé que mi amigo ha vuelto a tierra nuestra. Perdonad todos, también tú amigo, pero no está mi alma para contemplar presencia tan amada. No puedo todavía. Casi me avergüenza decirlo. Pero es mi deber declarar todos mis bienes frente a la hacienda celestial de vuestra corte Real. Y voy a lamentarlo las horas que sea necesario que así fluya el llanto. Es el agua que todo lo purifica y hace brotar la semilla de la tierra. Hoy hay que llover-se. Me ancla la silla por el tendón de las vocales. Hay parálisis general de mis sustancias. Necesito soltar amarras. Soltar el nudo que amarra las velas a la verga e izar los sentidos al tiempo. Silencio.
Dice mi pretendiente, el poeta del sexo y el amor, que el luto se acaba quitándose la ropa, cambiando de hábitos. Pero el luto es también el tiempo de la esperanza, es el tiempo de la espera. El luto es la oscuridad donde el subsuelo protege la semilla.
Por lo pronto, hoy es la jodidera, no hay inspiración desde hace unos días, ando desapasionada. Y en realidad en este momento no se trata de contar con un muso. Pero sí. Un muso inspirador, no un muso inepto. O no. Tal vez no…
Aguardad, queridas, silencio: alguien toca por la otra ventana, vive Dios. ¿Quién puede llamar a estas alturas? ¿Quién ha llegado a visitarme hasta Más Allá?
lunes 22 de junio de 2009
50 EPÍSTOLAS REGRESIVAS
EPÍSTOLA 44
Domingo
Un punto. A veces la tibieza de una lágrima, evaporada al instante, bajo el tormento del asfalto enardecido. Llueve el tiempo. Cada segundo es renuncia. La terrible claridad de la ausencia. Cada vez más distante el tañer de las campanas en el sitio que va quedándose vereda abajo.
¿Qué tengo en el rostro que ofende tanto mi presencia? Es negarlo todo, negar la estridencia de mi cuerpo al tacto de sus yemas. Por ese tacto en mi nuca pensé, supuse, desee que fuera esa una de las dos noche del encuentro. No puedo relatar nada, y no por moral, las imágenes en mi ánima no hallan signo para contenerse.
Es la misma historia donde mi hombre me deja en casa para irse él a hacer su vida, su fiesta, el amor con otra… Es la misma historia donde no he podido quedarme sin él, y además en casa, y además sola. Que debo dejar de aguardar por un hombre que se con-prometa en un proyecto de vida conmigo, me dicen, casi todos, hombres y mujeres, jóvenes y experimentados, amantes e indiferentes, homosexuales y heteroflexibles… Escucho, estoy escuchando con atención, la cabeza recogida sobre mi pecho, para que nadie vea la abstracción miserable del llanto.
Luego (dato empírico): quiere amarme un poeta que pretende morir pronto (ojo DeLira), que en ocasiones el señor caballero entra en periodos místicos, dice, y no hace caso de sus admiradoras, porque a veces se satura de amor y sexo… ¿Cómo podría amarme bajo tales consideraciones? Y no, no valdría la pena vivir en el gozo por vivir conmigo, agrega luego, cuando le hago ver el detalle, y se da cuenta de que en realidad no quiere amarme, quiere morir pronto, hastiado de sexo y amor.
Una fórmula, por favor, para no caer en la tentación de la depresión. Toc-toc: ¿hay alguien en casa?, ¿hay un alma gemela por ahí? Tocar ventanas virtuales como quien toca los acordes de una serenata hipotética bajo el balcón donde sueña el amado. Tocar el cristal de los dígitos como quien tañe campanas a fiesta. ¿Y por qué no, por qué no podemos con-formarnos juntos? ¿O es que huir es perverso placer de nuestras entrañas heridas? Tal vez hubiera o habría que renacer, inocentes las estructuras, flexibles los conductos, en espera la experiencia, como un latido lejano, tibio como un llamado de amor en medio de la oscuridad. Oscuro total. (Hermoso título para espectáculo de arpa láser y pequeña historieta de androides enamorados, hipotético también).
Y es que, a veces, como este domingo hastiado de mediodía, la jornada anda en busca de unos brazos donde refugiar su cansancio. En la fatiga la guardia anda baja, y es menester compañero para velar la entrada de la cueva, librarnos del depredador que cada tanto acude en su intento por devorarnos los misticismos. Y en reciprocidad, la entrega de velar cuando toca el turno. (Si pudiera ser él, si pudiera ser pronto, antes de que todos perdamos la capacidad de ver por los demás, la capacidad de vernos a los ojos).
No es una imagen, queridas, la que he admirado en mi amado amigo. Ha habido posibilidad verídica. Por ello resulta tan caro nuestro extravío. Por eso enloquezco en el auto de guardar silencio. Porque viene a mí esa posibilidad del hubiera, y no me deja escuchar…
Esta soledad no es la que busco. Esta tristeza no es lo que busco.
Guardar y aguardar en el silencio, para escuchar el llamado.
Anclada la razón frente al mando de las palabras. Nada suscribe mi interrogatorio. Y es nada más el vacío, nada más el instante. Y en ese silencio, mi alma llora sus ausencias. Es así: no se contenta con su solitud, quiere compañía para incinerar el tiempo, el alma.
Porque, justo: no reniego, por el contrario, he disfrutado cada tramo de su aroma al enlazar la brevedad de la aventura. Qué dicha. Si justo por eso me hallo ahora al centro del silencio, en veneración por la hermosura que es el amor.
Caballero DeLira: ¡desenmascaraos!, al menos descaraos, vive Dios: ¿Es que habremos de seguir hablando con voz de machín, cuando el creador, a quien tanto convocáis, nos ha dado sortilegios de mujer? Os pregunto con legitimidad, Caballero Anónimo: ¿debemos negarnos, como machines, los placeres del amor?
La Infanta U propone que, en efecto, hemos de abstenernos de emotividades especiales para con ellos; la Duquesa D dice que por eso ella no busca (pero se muere de ganas, ciertas tardes, al anochecer, dice), y vos decís que ni siquiera hay que nombrarlos; yo, instalada en esta tibieza detestable (la náusea, acaso). ¿Y mi Lady? Bueno, Lady I, como siempre radical en sus dulzuras, no ha dudado en lanzarse de cabeza en pos de un vuelo…
Y si Ulises ha zarpado a la mar, y si no estamos dispuestas a tejer tramas exóticas a la espera de su vuelta, ¿no será menester preparar nosotras el equipaje para levar anclas e ir en busca de nuestro amado corazón? A ver si nosotras podemos evadir el canto de los tritones, la seducción de los dioses eróticos de las montañas sin tiempo, los celos alevosos de cíclopes hipnóticos, la tentación de convertirnos en piedra por mirar los ojos de algún monstruo rastrero. A ver: embarquémonos en pos de la fantasía, que en nosotras es siempre con ellos (con él, con el muy distinguido Señor B (de bueno, el bueno, (y también que esté bueno (amén))).
Para vos la epístola, Cabello DeLira, ya que en vuestro afán de intensidades me convocáis a duelo: máscara contra cabellera (aunque, ciertamente, vuestro cabello es de elogiar, querido DeLira). Pero temo que vos insistís en permanecer a la sombra de vuestro Anónimo personaje, y no es tal la crítica, que mismo proceder compete a este trazo lúdico, pero: ¡confesad vuestro travestismo anímico!
Me pregunto, a veces de verdad, por qué no puedo aceptar las convenciones en materias amorosas (ni en otras áreas)… Y me pregunto por qué no puedo aceptar los libertinajes en idénticos menesteres citados… Qué generación indefinida la mía, señor. Para ningún lado nos hacemos, en la medianía nomás (y luego esta sangre semidesértica, carajo).
La obra que he deseado hacer, queridas mías, la hago de a poquito, con más reciedumbre en los últimos dos años. Es simple mi obra, y tan escueta y poca, pero es la que he podido construir. Es claro el camino del oficio, aunque doloroso y lento, pero voy cumpliendo. Más Allá sólo existe Más Allá, por extensiones inconmensurables. O sea que esto es lo que hago, esta palabra sin destinatario. Es todo. Cada punto es punto final. Es todo. Esto es.
Voy caminando sin renunciar por esta línea. Cambio epístolas o leo cartas a cambio de cerveza que les sableo a los mismos amigos que mareo con el monotema crónico…
Porque, veréis, Caballero DeLira, he aquí el recuento al que he llegado ahora mismo: pequeña obra concluida, imprescindibles amigos, noble familia, bellísimo techo, autito compacto, dos perros hermosos, vicios moderados pero en arraigo, dos compus viejitas pero jaladoras, acceso a Internet, crédito en el celular, viajes en perspectiva… Y bien, DeLira, revisad y completad el artilugio de la lista y concededme un poco: me falta el compañero.
Es tan simple, De Lira, que me abruma, me marea la sencillez de la circunstancia. Por ello mi corazón ha delirado con la perspectiva del hermoso encuentro con mi amigo. Por eso me brillaron los ojitos cuando me invitó a hacer la revolución y el amor en un mismo acto de placer creativo… O a eso lo habré invitado yo (y fijaos en la delicadeza con que empleo el modo de mis verbos: decidme si no es femenino el detalle de no comprometer ni pasados ni futuros). ¿O a eso los habremos habríamos hubiéramos invitado más bien nosotras?
A mí sí me gustaría invitar a mi hombre a acuartelarse conmigo en medio de la selva, y hacernos la revolución con frenesí sensual: ¡ha por la causa social, DeLira!!
Pero por el momento corresponde a mi signo renovar sus fortalezas. No puedo pretender mantenerme en la tibieza cuando es de arrojo mi sangre bravía. No puedo pretender mantenerme en la dureza cuando es de fragilidad mi canto, y también mi cuerpo pide su arropo. ¿No necesitar de nadie? No, imposible, no os vayáis, queridas: yo os necesito: sois mi respiración, mi voz, mis musas, la entonación de este adjetivo que también es sustancia. ¿No necesitar de nadie? La referencia de mi madre, la enseñanza de mi padre, la fortaleza de mi hermana, la congruencia incompresible de mi hermano: no os vayáis: yo os necesito, sois mi guía, mi latido, la sustancia de mi carne, el transporte cósmico de mi ser en carne del instante ahora convertido. ¿No necesitar de nadie? Si hasta Dios necesita de sus criaturas para existir. Tanto no dijimos: yo necesito: yo me fundo en lo otro, en el otro, en los otros, para ser, para con-formarme.
¿La soledad? La soledad es el mal augurio de nuestro tiempo corrompido. Estar hablándole a una computadora en vez de acurrucarme a descansar de mí, junto a la respiración de mi hombre, y saber que dos estamos alerta para protegernos del mal. No es posible pensar la unidad (la in-divi-dualidad) sin la dualidad, los dos que crean el tercero que es el amor, que es los tres en uno y es la unidad de sí, en sí, para sí, pero siempre en los otros, con los otros, para los otros. Al final, como bien dice la Condesa L, en el mundo no hay tanto amor como parece. Y nos seguimos vendiendo simulacros, para citar poetas líricos tan amados. Solos ya estamos, haga recuento: falta el compañero.
No, no vamos a morir de amor, y sí, sí nos interesa la situación internacional, por eso mismo: nos falta el compañero. Porque no vamos a morir de amor, no nos va a dar tiempo, compañeros: nos vamos a morir de hambre, de peste, de calor y desconcierto antes de que alguien en verdad pueda morir de amor, lo que se llama morir de amor, que no es quitarle la vida a nadie ni la nuestra propia menos (en ningún sentido de quitar vida: y sigue faltando el compañero de armas blancas, blancas y al vuelo, como vulgares pero siempre eficientes y míticas palomas de paz).
Y de nuestro buen Duque de Efe nada se sabe, sólo que ha partido hacia sus propias mitologías. Auguramos que su silencio, Duque, signifique gozo supremo para vuestras tempestades de oscuridad sin tregua, y que vuelva usted, si vuelve, más liviano, señor mío, le deseamos por acá; pero sobre todo, Duque, recuerde: 1) No tema; es decir: no tópico: no trate de conquistar mujeres con poemas delirantes: carnita y tacto ligero. 2) Vuele, Duque; y no olvide primero enderezar los alerones: derechito y sonriente que así es como se ve chulo de guapo. 3) Las mujeres no son machines; repito: las mujeres no son machines, Duque: atento atento: no son machines 4) Los animales sí tienen sentimientos y razonamiento y, Duque: las mujeres también (nomás que no son machines y más que áridas demostraciones de poder, preferimos abrazos y besos húmedos: y de nuestras preferencias habla nuestra obra). 5) Se le estima. Cambio.
Y, amigo querido, el de las melodías distorsionadas: si no ha habido palabras es porque hay quizá muy poco por decir. Sea como haya sido o sea, lamento la pérdida, eso sí. Y no te la achaco a ti, ni a mí, sólo digo que lamento la pérdida. Porque la imagen que vi entre nosotros fue tan hermosa y tan poderosa que no pude sustraerme a su encanto. Un encanto de imagen, con eres tú un encanto de hombre, a cuya hermosura tampoco pude sustraerme (ni hubiera querido hacerlo). Lamento la pérdida de tan bella perspectiva. Oscuro total. Y porque tu carácter apacible ha moderado mis ímpetus, por ello lamento la pérdida. Y por lo bello de tu tacto, y por tu sonrisa. Y porque en este momento tampoco tengo nada que ofrecerte, ninguna certeza. Y no porque me la pidas, que no lo haces, sino porque me gustaría tener una brillante y hermosísima certeza para ofrecer a eso tan bello que ha existido, y existe, entre nosotros. Qué hermoso lo que me mostraste, por eso lamento no participar ahora de ello.
Yo no tengo ningún problema contigo, amigo. Es sólo que me he enamorado de ti. Y ya no pude verte sólo como mi “amigo”. Hacer lo que llamas tu vida ha implicado mantenerme fuera de tu vida, cada vez más, hasta que en los últimos días de plano ya no supe de ti, de tus cosas, de tu vida… Pues sí, sí quería participar más de cerca, como había sucedido en las propuestas y las acciones de los primeros tiempos. Y sí, entiendo que uno cambia de opinión, como bien me has dicho en varias ocasiones. Y es el corazón quien te dice dónde y con quién estar, eso tú lo sabes muy bien, por eso tienes ese hermoso don de gentes, que le llaman; y como es el corazón, no se le puede engañar, el corazón va donde él quiere.
Pero si es delirante mi presencia porque te distrae de tu vida, y si mis ímpetus por subirme contigo a cualquier escenario, por amor de Dios, resultan en afrenta para tu soledad, y si mi cuerpo que quiere dormir junto al tuyo resulta ser un invasor… Ninguna mujer enamorada quiere ser eso para su hombre amado: una mujer enamorada siempre va a desear entrega, es una ley. Para sostener la distancia que me impones, mi alma precisa mutilar su querencia. Segmentarla epístola tras epístola.
Cada quien sus cosas, dicen; cada quien que se levante como pueda, arguyen; pero de lejitos y sin compromiso, decretan… A ver: si no podemos sostener ni una célula social básica, como la pareja, de dónde sacamos que podemos hacer comunidad. Lo que estamos haciendo como parásitos humanos no parece desmentir mi cuestionamiento (que nomás es pregunta legítima para los estudiosos de lo humano).
Y lástima que los doctores en filosofía anden a la baja, porque estoy enferma de existencia y lo único que me calma el padecimiento son estas recetas. No ha poco le escribí al noble facultativo, presentándole mis síntomas a través de una sencilla representación paródica de algunos supuestos de Nietszche; pero sospecho que el doctor no ha querido tomar mi caso por verídico, pues no he recibido siquiera un desaliento de su parte, debe de creer, junto con el resto, que estoy loca delirante; pero si por ello es que quería yo consultarle, vaya pues con mi pequeña comedia de enredos, pero ¿pos no que es doctor?
Y al menos, Caballero DeLira, reconocedme, orientadme al respecto, y celebrad conmigo: de roce he tocado algún mustio humor...
Este ha sido un domingo de seis días, y es sábado al concluir la carta: ¡tenía razón la maestra Garro!: ¡y no eran ficción los colores de su semana!
Desde algún recuerdo de Más Allá del porvenir.
Señora C.
P.D. para DeLira y Lady I: la florecita inter-textual es para vosotros, que tanto gustáis de la referencia.
Domingo
Un punto. A veces la tibieza de una lágrima, evaporada al instante, bajo el tormento del asfalto enardecido. Llueve el tiempo. Cada segundo es renuncia. La terrible claridad de la ausencia. Cada vez más distante el tañer de las campanas en el sitio que va quedándose vereda abajo.
¿Qué tengo en el rostro que ofende tanto mi presencia? Es negarlo todo, negar la estridencia de mi cuerpo al tacto de sus yemas. Por ese tacto en mi nuca pensé, supuse, desee que fuera esa una de las dos noche del encuentro. No puedo relatar nada, y no por moral, las imágenes en mi ánima no hallan signo para contenerse.
Es la misma historia donde mi hombre me deja en casa para irse él a hacer su vida, su fiesta, el amor con otra… Es la misma historia donde no he podido quedarme sin él, y además en casa, y además sola. Que debo dejar de aguardar por un hombre que se con-prometa en un proyecto de vida conmigo, me dicen, casi todos, hombres y mujeres, jóvenes y experimentados, amantes e indiferentes, homosexuales y heteroflexibles… Escucho, estoy escuchando con atención, la cabeza recogida sobre mi pecho, para que nadie vea la abstracción miserable del llanto.
Luego (dato empírico): quiere amarme un poeta que pretende morir pronto (ojo DeLira), que en ocasiones el señor caballero entra en periodos místicos, dice, y no hace caso de sus admiradoras, porque a veces se satura de amor y sexo… ¿Cómo podría amarme bajo tales consideraciones? Y no, no valdría la pena vivir en el gozo por vivir conmigo, agrega luego, cuando le hago ver el detalle, y se da cuenta de que en realidad no quiere amarme, quiere morir pronto, hastiado de sexo y amor.
Una fórmula, por favor, para no caer en la tentación de la depresión. Toc-toc: ¿hay alguien en casa?, ¿hay un alma gemela por ahí? Tocar ventanas virtuales como quien toca los acordes de una serenata hipotética bajo el balcón donde sueña el amado. Tocar el cristal de los dígitos como quien tañe campanas a fiesta. ¿Y por qué no, por qué no podemos con-formarnos juntos? ¿O es que huir es perverso placer de nuestras entrañas heridas? Tal vez hubiera o habría que renacer, inocentes las estructuras, flexibles los conductos, en espera la experiencia, como un latido lejano, tibio como un llamado de amor en medio de la oscuridad. Oscuro total. (Hermoso título para espectáculo de arpa láser y pequeña historieta de androides enamorados, hipotético también).
Y es que, a veces, como este domingo hastiado de mediodía, la jornada anda en busca de unos brazos donde refugiar su cansancio. En la fatiga la guardia anda baja, y es menester compañero para velar la entrada de la cueva, librarnos del depredador que cada tanto acude en su intento por devorarnos los misticismos. Y en reciprocidad, la entrega de velar cuando toca el turno. (Si pudiera ser él, si pudiera ser pronto, antes de que todos perdamos la capacidad de ver por los demás, la capacidad de vernos a los ojos).
No es una imagen, queridas, la que he admirado en mi amado amigo. Ha habido posibilidad verídica. Por ello resulta tan caro nuestro extravío. Por eso enloquezco en el auto de guardar silencio. Porque viene a mí esa posibilidad del hubiera, y no me deja escuchar…
Esta soledad no es la que busco. Esta tristeza no es lo que busco.
Guardar y aguardar en el silencio, para escuchar el llamado.
Anclada la razón frente al mando de las palabras. Nada suscribe mi interrogatorio. Y es nada más el vacío, nada más el instante. Y en ese silencio, mi alma llora sus ausencias. Es así: no se contenta con su solitud, quiere compañía para incinerar el tiempo, el alma.
Porque, justo: no reniego, por el contrario, he disfrutado cada tramo de su aroma al enlazar la brevedad de la aventura. Qué dicha. Si justo por eso me hallo ahora al centro del silencio, en veneración por la hermosura que es el amor.
Caballero DeLira: ¡desenmascaraos!, al menos descaraos, vive Dios: ¿Es que habremos de seguir hablando con voz de machín, cuando el creador, a quien tanto convocáis, nos ha dado sortilegios de mujer? Os pregunto con legitimidad, Caballero Anónimo: ¿debemos negarnos, como machines, los placeres del amor?
La Infanta U propone que, en efecto, hemos de abstenernos de emotividades especiales para con ellos; la Duquesa D dice que por eso ella no busca (pero se muere de ganas, ciertas tardes, al anochecer, dice), y vos decís que ni siquiera hay que nombrarlos; yo, instalada en esta tibieza detestable (la náusea, acaso). ¿Y mi Lady? Bueno, Lady I, como siempre radical en sus dulzuras, no ha dudado en lanzarse de cabeza en pos de un vuelo…
Y si Ulises ha zarpado a la mar, y si no estamos dispuestas a tejer tramas exóticas a la espera de su vuelta, ¿no será menester preparar nosotras el equipaje para levar anclas e ir en busca de nuestro amado corazón? A ver si nosotras podemos evadir el canto de los tritones, la seducción de los dioses eróticos de las montañas sin tiempo, los celos alevosos de cíclopes hipnóticos, la tentación de convertirnos en piedra por mirar los ojos de algún monstruo rastrero. A ver: embarquémonos en pos de la fantasía, que en nosotras es siempre con ellos (con él, con el muy distinguido Señor B (de bueno, el bueno, (y también que esté bueno (amén))).
Para vos la epístola, Cabello DeLira, ya que en vuestro afán de intensidades me convocáis a duelo: máscara contra cabellera (aunque, ciertamente, vuestro cabello es de elogiar, querido DeLira). Pero temo que vos insistís en permanecer a la sombra de vuestro Anónimo personaje, y no es tal la crítica, que mismo proceder compete a este trazo lúdico, pero: ¡confesad vuestro travestismo anímico!
Me pregunto, a veces de verdad, por qué no puedo aceptar las convenciones en materias amorosas (ni en otras áreas)… Y me pregunto por qué no puedo aceptar los libertinajes en idénticos menesteres citados… Qué generación indefinida la mía, señor. Para ningún lado nos hacemos, en la medianía nomás (y luego esta sangre semidesértica, carajo).
La obra que he deseado hacer, queridas mías, la hago de a poquito, con más reciedumbre en los últimos dos años. Es simple mi obra, y tan escueta y poca, pero es la que he podido construir. Es claro el camino del oficio, aunque doloroso y lento, pero voy cumpliendo. Más Allá sólo existe Más Allá, por extensiones inconmensurables. O sea que esto es lo que hago, esta palabra sin destinatario. Es todo. Cada punto es punto final. Es todo. Esto es.
Voy caminando sin renunciar por esta línea. Cambio epístolas o leo cartas a cambio de cerveza que les sableo a los mismos amigos que mareo con el monotema crónico…
Porque, veréis, Caballero DeLira, he aquí el recuento al que he llegado ahora mismo: pequeña obra concluida, imprescindibles amigos, noble familia, bellísimo techo, autito compacto, dos perros hermosos, vicios moderados pero en arraigo, dos compus viejitas pero jaladoras, acceso a Internet, crédito en el celular, viajes en perspectiva… Y bien, DeLira, revisad y completad el artilugio de la lista y concededme un poco: me falta el compañero.
Es tan simple, De Lira, que me abruma, me marea la sencillez de la circunstancia. Por ello mi corazón ha delirado con la perspectiva del hermoso encuentro con mi amigo. Por eso me brillaron los ojitos cuando me invitó a hacer la revolución y el amor en un mismo acto de placer creativo… O a eso lo habré invitado yo (y fijaos en la delicadeza con que empleo el modo de mis verbos: decidme si no es femenino el detalle de no comprometer ni pasados ni futuros). ¿O a eso los habremos habríamos hubiéramos invitado más bien nosotras?
A mí sí me gustaría invitar a mi hombre a acuartelarse conmigo en medio de la selva, y hacernos la revolución con frenesí sensual: ¡ha por la causa social, DeLira!!
Pero por el momento corresponde a mi signo renovar sus fortalezas. No puedo pretender mantenerme en la tibieza cuando es de arrojo mi sangre bravía. No puedo pretender mantenerme en la dureza cuando es de fragilidad mi canto, y también mi cuerpo pide su arropo. ¿No necesitar de nadie? No, imposible, no os vayáis, queridas: yo os necesito: sois mi respiración, mi voz, mis musas, la entonación de este adjetivo que también es sustancia. ¿No necesitar de nadie? La referencia de mi madre, la enseñanza de mi padre, la fortaleza de mi hermana, la congruencia incompresible de mi hermano: no os vayáis: yo os necesito, sois mi guía, mi latido, la sustancia de mi carne, el transporte cósmico de mi ser en carne del instante ahora convertido. ¿No necesitar de nadie? Si hasta Dios necesita de sus criaturas para existir. Tanto no dijimos: yo necesito: yo me fundo en lo otro, en el otro, en los otros, para ser, para con-formarme.
¿La soledad? La soledad es el mal augurio de nuestro tiempo corrompido. Estar hablándole a una computadora en vez de acurrucarme a descansar de mí, junto a la respiración de mi hombre, y saber que dos estamos alerta para protegernos del mal. No es posible pensar la unidad (la in-divi-dualidad) sin la dualidad, los dos que crean el tercero que es el amor, que es los tres en uno y es la unidad de sí, en sí, para sí, pero siempre en los otros, con los otros, para los otros. Al final, como bien dice la Condesa L, en el mundo no hay tanto amor como parece. Y nos seguimos vendiendo simulacros, para citar poetas líricos tan amados. Solos ya estamos, haga recuento: falta el compañero.
No, no vamos a morir de amor, y sí, sí nos interesa la situación internacional, por eso mismo: nos falta el compañero. Porque no vamos a morir de amor, no nos va a dar tiempo, compañeros: nos vamos a morir de hambre, de peste, de calor y desconcierto antes de que alguien en verdad pueda morir de amor, lo que se llama morir de amor, que no es quitarle la vida a nadie ni la nuestra propia menos (en ningún sentido de quitar vida: y sigue faltando el compañero de armas blancas, blancas y al vuelo, como vulgares pero siempre eficientes y míticas palomas de paz).
Y de nuestro buen Duque de Efe nada se sabe, sólo que ha partido hacia sus propias mitologías. Auguramos que su silencio, Duque, signifique gozo supremo para vuestras tempestades de oscuridad sin tregua, y que vuelva usted, si vuelve, más liviano, señor mío, le deseamos por acá; pero sobre todo, Duque, recuerde: 1) No tema; es decir: no tópico: no trate de conquistar mujeres con poemas delirantes: carnita y tacto ligero. 2) Vuele, Duque; y no olvide primero enderezar los alerones: derechito y sonriente que así es como se ve chulo de guapo. 3) Las mujeres no son machines; repito: las mujeres no son machines, Duque: atento atento: no son machines 4) Los animales sí tienen sentimientos y razonamiento y, Duque: las mujeres también (nomás que no son machines y más que áridas demostraciones de poder, preferimos abrazos y besos húmedos: y de nuestras preferencias habla nuestra obra). 5) Se le estima. Cambio.
Y, amigo querido, el de las melodías distorsionadas: si no ha habido palabras es porque hay quizá muy poco por decir. Sea como haya sido o sea, lamento la pérdida, eso sí. Y no te la achaco a ti, ni a mí, sólo digo que lamento la pérdida. Porque la imagen que vi entre nosotros fue tan hermosa y tan poderosa que no pude sustraerme a su encanto. Un encanto de imagen, con eres tú un encanto de hombre, a cuya hermosura tampoco pude sustraerme (ni hubiera querido hacerlo). Lamento la pérdida de tan bella perspectiva. Oscuro total. Y porque tu carácter apacible ha moderado mis ímpetus, por ello lamento la pérdida. Y por lo bello de tu tacto, y por tu sonrisa. Y porque en este momento tampoco tengo nada que ofrecerte, ninguna certeza. Y no porque me la pidas, que no lo haces, sino porque me gustaría tener una brillante y hermosísima certeza para ofrecer a eso tan bello que ha existido, y existe, entre nosotros. Qué hermoso lo que me mostraste, por eso lamento no participar ahora de ello.
Yo no tengo ningún problema contigo, amigo. Es sólo que me he enamorado de ti. Y ya no pude verte sólo como mi “amigo”. Hacer lo que llamas tu vida ha implicado mantenerme fuera de tu vida, cada vez más, hasta que en los últimos días de plano ya no supe de ti, de tus cosas, de tu vida… Pues sí, sí quería participar más de cerca, como había sucedido en las propuestas y las acciones de los primeros tiempos. Y sí, entiendo que uno cambia de opinión, como bien me has dicho en varias ocasiones. Y es el corazón quien te dice dónde y con quién estar, eso tú lo sabes muy bien, por eso tienes ese hermoso don de gentes, que le llaman; y como es el corazón, no se le puede engañar, el corazón va donde él quiere.
Pero si es delirante mi presencia porque te distrae de tu vida, y si mis ímpetus por subirme contigo a cualquier escenario, por amor de Dios, resultan en afrenta para tu soledad, y si mi cuerpo que quiere dormir junto al tuyo resulta ser un invasor… Ninguna mujer enamorada quiere ser eso para su hombre amado: una mujer enamorada siempre va a desear entrega, es una ley. Para sostener la distancia que me impones, mi alma precisa mutilar su querencia. Segmentarla epístola tras epístola.
Cada quien sus cosas, dicen; cada quien que se levante como pueda, arguyen; pero de lejitos y sin compromiso, decretan… A ver: si no podemos sostener ni una célula social básica, como la pareja, de dónde sacamos que podemos hacer comunidad. Lo que estamos haciendo como parásitos humanos no parece desmentir mi cuestionamiento (que nomás es pregunta legítima para los estudiosos de lo humano).
Y lástima que los doctores en filosofía anden a la baja, porque estoy enferma de existencia y lo único que me calma el padecimiento son estas recetas. No ha poco le escribí al noble facultativo, presentándole mis síntomas a través de una sencilla representación paródica de algunos supuestos de Nietszche; pero sospecho que el doctor no ha querido tomar mi caso por verídico, pues no he recibido siquiera un desaliento de su parte, debe de creer, junto con el resto, que estoy loca delirante; pero si por ello es que quería yo consultarle, vaya pues con mi pequeña comedia de enredos, pero ¿pos no que es doctor?
Y al menos, Caballero DeLira, reconocedme, orientadme al respecto, y celebrad conmigo: de roce he tocado algún mustio humor...
Este ha sido un domingo de seis días, y es sábado al concluir la carta: ¡tenía razón la maestra Garro!: ¡y no eran ficción los colores de su semana!
Desde algún recuerdo de Más Allá del porvenir.
Señora C.
P.D. para DeLira y Lady I: la florecita inter-textual es para vosotros, que tanto gustáis de la referencia.
jueves 11 de junio de 2009
50 EPÍSTOLAS REGRESIVAS
EPÍSTOLA 45
Ya el cuerpo no constriñe esta hendidura del tiempo: mi sexo deshabitado, mi alma vela el oscuro temblor de tu silencio: vacío. Vacío y un minuto de silencio por mí; queridos: he llegado a Más Allá, y sí, es verdad lo que dicen de tan noble destino: es el vacío eterno, es el silencio con que mi vientre azota los murmullos de la pasión. He llegado a Más Allá, glorioso arribo el que mi creador le concede a mi blasfemo espíritu.
Esta noche niego todo mal, me apego a la palabra de la luz para alabar el tiempo y la circunstancia que me ha sida concedida: nadie ha pecado: así sea: que a partir de hoy estemos libres de toda culpa, de toda perturbación: si el sueño de mi amado se consigue conmigo en la periferia: venga, amor: hágase tu voluntad, corazón mío: quiero verte arriba, rodeado de luces de neón, volando ingrávido a través de la micro velocidad del ritmo: así sea: los dioses te lo concedan punto a punto, ruego por ello, porque así puedo justificar el dolor de la renuncia, sólo en mi profundo deseo por que así sea me es dado ejecutar la maniobra terrible de evacuar las pertenencias de mi amor, del amor que eso mismo desea para ti, en cualquier circunstancia.
Díganme, os lo suplico: ¿cómo le explico a él la conformación de mis materias de amor???? Cómo le digo que ninguna de estas palabras es rencor ni amenaza, que no es venganza el tiento por no pasarme de emoción, que no es berrinche apartarme cuando él me indica tal suceso (acaso por momentos es destello de lujuria, la pasión encendida en mis entrañas en pos de sus besos, pero es sólo eso, señor juez, sólo eso)…
Alguien dígaselo, para que no me juzgue con dureza ahora que he de disolver a esta que muere por arder con él. Es hermoso mi amigo, lo he dicho tanto y tanto, si por eso duele abandonar sus encantos… Háganle saber que es verídico mi sentimiento y en profunda buena voluntad mi acto de silencio. Infórmele, si a alguien le es posible, que haberle dicho que está liberado de mi presencia ha sido porque he escuchado con suma atención las delimitaciones que su amor requiere, que he comprendido muy bien cuando me ha dicho que ahora él se está reconstruyendo…
Amor: lee con tono dulce esta partitura, que no hay en mis signos ni un pedacito de reproche. Comprendo: la reconstrucción es un camino que se emprende por sí, en sí, dentro de sí; y a veces necesitamos la compañía que nos refiera por un momento a la vida nueva, la que renace al término de un gran ciclo, y a veces necesitamos la soledad, el tiempo de la búsqueda: tú ya resucitaste, corazón, ¿recuerdas que nos acurrucamos juntos entre la mortaja de sábanas que tejí para que muriéramos los dos? Tu nuevo tiempo arriba dichoso: ¿cómo podría no llenarme yo misma de gozo por tu felicidad, amado amigo? Sólo que tu dicha implica mis ausencias, el detalle donde las mil bendiciones que te auguro se entrelazan con la desolación que ello significa para mí.
Y no, no soy la víctima, no lo fui antes y no lo soy ahora, y no lo seré después. Ni tampoco es víctima mi entrañable amor mío, no ha sido y no será víctima. Y tampoco nos vamos a victimar entre nos.
Cuando digo desolación es porque ocurre: hay que devastar el universo concebido. Yo también tengo mi sueño, querido, pero al conocerte soñé mi sueño contigo y tu sueño conmigo, y lo hice porque nuestras presencias posibilitaban tal visión, nunca antes contemplada… Mis anhelos contigo no están predeterminados, ocurren al conocerte, por intermedio de tus palabras, de tus propuestas, de tu presencia: lo he intentado explicar.
Para mí, no es que sea tarde para jugar a la casita, es que nunca me han gustado los roles tradicionales: no es lo mío ser la gran mujer tras el gran hombre, busco pareja-pareja, hombro a hombro como alguna vez te escuché decir de nuestro amor; ¡y con qué gozo recuerdo la dichosa sensación al timbre de tus palabras!
((Voy a necesitar su ayuda, queridas; voy a necesitar que ustedes tampoco me juzguen si no estoy del todo en mis antiguos cabales))
¿Quién, querido, podría reprochar que tus sueños no incluyan la cercanía que yo deseo? ¿Quién, querido, podría reprochar que mis sueños incluyan la cercanía que no deseas? ¿¿Quién violenta a quién?? Y si además intermedia entre tú y yo este amor tan poderoso… Ninguno queremos jugar a lo que ya jugamos con otros: cualquiera nos comprende, cualquiera se pone de nuestro lado, del suyo y del mío: qué razón tan grande nos asiste.
Pero no es precisamente razonable lo que siento por él, queridas (no me juzguen, os lo suplico). No nos suena razonable lo que cada quien pide al otro (no lo juzguen a él, os lo suplico, que tampoco sabe nada, que también todo lo confunde, igual que yo, mi amadísimo amigo). No hemos querido hacernos daño, sólo queríamos hacernos el amor, su señoría, os lo juro.
Queridas, he llegado a Más Allá entre jirones de piel, arrastrando tras de mí la jauría de monstruos que confunden y pueblan de miserias a los hombres que toca mi instinto de luna plena. Queridas, he llegado a Más Allá, austera, procurando causar el menor daño posible: he llegado al desierto, donde sólo me queda este silencio, este, este silencio.
Más allá de Más Allá no hay nada, sólo Más Allá y Más Allá, por extensiones interminables de pastizales llanos donde mi toro ha de apaciguar su íntima tristeza de poderosa flama.
Necesito, por el instante, queridos todos, reposar algunos días para reponer mi espíritu del tránsito con que he recorrido el camino. Un paso torpe el mío: he dejado a mi amigo saturado de mí ))) agacho la cabeza para no mirar sus ojos )) me voy lo más rápido posible para no mirar sus ojos )) lo más rápido posible para que no me dé tiempo de hacerla de pedo, de musitar, para no gritarle: aguarda, espera; para no acosarlo con el delirio de mis esperanzas siempre en flor… )) no quiero mirarlo porque no me voy, porque si dudo por un acorde más, me quedo y acepto cualquier miga por temor (pero no hay temor, hay claridad, triunfa la luz sobre la oscuridad).
Querido Caballero DeLira: tenéis razón: no es la inmortal quien duda: ejecutad en lo inmediato vuestra voluntad de cambiarnos el final.
Venga nueva convocatoria, queridas: al encontrarme con mi amigo he dado un paso para aceptar-me: sí, he sido yo quien ha pronunciado las palabras para librar a mi amigo de mí, soy yo quien no ha sido capaz de acoplarse a la propuesta de pareja que mi amigo me hace, y es porque mi alma, en efecto, lo desea con una intensidad… Ni cómo describirla. Con la intensidad de las palabras que se me desbordan a cualquier provocación de este destino de soledad al que ahora libero: quiero un compañero.
He viajado en sol-edad a través de los tiempos, ha sido el llamado que mi creador me ha dado para construirme: me acepto. Dios: aguardo la señal con que tu mano ha de guiarme hacia mi compañero. Mi alma suplica por el favor de un hombre que sostenga la voluntad del tiempo junto a mí, mi alma ya necesita su apoyo y su complitud, señor.
Sé que he de ser paciente, me lo dijo hoy un poderoso enviado divino, heredero de las potencias de Isthar la del nombre impronunciable; y que ha sido ella misma quien me ha conducido hasta él. Sé paciente, me dijo en voz cristalina y gozosa, y el pequeño lobo-nahual siguió jugando futbol como si nada, entre risas y entusiasmos. Dame, señor, tu serenidad. Sabes que soy torpe y sorda, sé paciente también conmigo, señor, tolera mis tropiezos de aprendiz.
Dios: hágase tu voluntad, en tus manos estoy. Hágase en nos tu reino.
Paciencia… Y tal vez mi sueño es, invariablemente, el de la ficción. Pero sí veo a mi amado leyendo mientras yo escribo, sí me asomo a la ventana y veo Manhatan, París o Tepiji del Río, y siento el brazo de mi hombre reptar por mi cintura y esa tarde daremos un concierto o leeremos un relato o daremos una conferencia los dos. Y pasado mañana sale nuestro avión a Nayarit, a pasar tres meses para crear y coger, coger y crear, comer y crear y coger… El sueño lúbrico de toda artista.
Paciencia Fe Serenidad
Sólo sé con-formarme con la entrega plena. Y, ay, querida Condesa L, igual que vos con vuestro saltimbanqui, yo también pensé en mi hermoso amigo para ser, en uno solo, un mismo deseo: alguien para coger, alguien para charlar, alguien para filosofar, alguien para parrandear, alguien para crear, alguien para vivir con él… Todavía queremos que sea uno solo. Pues es bien cierto que sí hay alguno para coger, otro para bailar, quien se apunta para charlar… Pero esos son fragmentos. ¿Por qué no podemos con-formarnos con retazos?
Y que se aviente al tú por tú, al mí por ti y al ti por mí. Y jugar a las casitas: tú en la mía, yo en la tuya, y a veces cada quien en la suya. Hombro a hombro para bailar y llorar. Y que sepamos estar en lo cotidiano, que sepamos los dos respetar y entregar a manos llenas, entregar-nos sin pudor y sin moral.
Y ahora, cómo he de enviar la petición al universo. Cómo he de matizar la imagen para no endosársela a cualquiera. Paciencia. Y re-signación.
)) he de dominarme para no correr y lanzarme de bruces por un abismo que no es mío, que es de otra mujer, de otro pasado que no soy yo, de una casita que yo no he jugado )) he de dominarme para no arrojarlo de cabeza por un abismo que no es de él… Me libero de mi pasado. Así sea. Para amar con entrega. Para que me amen con entrega. Hombro a hombro para trasnochar y consolar.
Y sigo pensando en mi querido amigo, deseando que no se tome a mal mi palabra (alguien dígaselo, pero con otra voz, con otros sentidos, porque yo no he sabido transmitir nada). Porque no se trata de que yo salga corriendo a buscar un tipo. No. No se trata de otra persona. No es que yo desee estar con “alguien” más… Es sólo que he comprendido con claridad cuando me ha dicho que ahora él no puede ofrecer. Es tan nítido, y comprensible. Cualquiera hemos estado ahí.
Sí, amor, tú sólo has delimitado tus terrenos. Es justo, lo aplaudo, lo celebro. Es sólo que tú tienes claras tus cadencias, tus paraderos y tu destino de llegada. Y es verdad: he sido yo quien no se ha con-formado con el territorio que tu hermosísima intensión me asigna. Quisiera poder hacerlo. Con otro no me importa que sean dos noches o una sola, cada tres meses o en fin de semana o una sola vez en la vida… Pero contigo, amor, mi alma se incendia de pasiones. No es lo mismo. No eres las putas de quienes vengo huyendo. Tú me resultas admirable, respetable, besable, amable, tocable, hablable, deseable, contable y vivible: no le pidas a mi corazón que te quiera por fragmentos moderados, le resulta imposible al momento. Si por tus encantos es que deseo tu presencia…. Qué le vamos a hacer. Y si estoy cerca te voy a seguir hostigando. Si me conozco un poco, casi no, pero algo.
((Chicas: deténganme si ven que sucumbo)). Impídanme ser la neurótica histérica del cuento, por favor: que no llame yo a las imprudentes tres de la mañana, buscando alcoholizada los tonos de su voz: si ya sabemos que nos choca que nos hagan algo así.
Por supuesto, queridas, no estoy convencida de nada, no me convenzo ni a mí. Pero tengo muy claro que he de hacer un esfuerzo mayúsculo para construir-me un pequeño espacio de congruencia (A ver si como ronco duermo). Y no es por orgullo, alguien déle el parte, os lo suplico; es más bien en acto de humildad.
Hemos llegado a Más Allá. Detrás, la montaña impenetrable del pasado; delante, los abismos profundos del instante. Hemos llegado al límite de nuestras expectativas. Es el punto sin retorno. Mi amigo y yo nos jugamos el todo o nada. Ni siquiera es necesario dar interpretación a estas palabras (todo-nada): carecen de sentido, no se esfuercen. Pero es innegable que es así para nosotros. Amada Lady I, entrañable Caballero DeLira, vos que conocéis el destino de la historia: mi amigo y yo estamos en la escena de la batalla final de los inmortales (vendría música épica-dramática que mi amigo hubiera improvisado).
No hay ni una pizca de falso orgullo ni atolondrada modestia en lo que os escribo en mi primera noche en Más Allá… Si yo pudiera conservarme así, etérea como en esta letra, impronunciable como el nombre de Isthar. Pero mi cuerpo corrupto se niega a ser musa inepta o cosa que parece una novia. Soy una mujer, sólo eso. No soy una reina ni una madre. Soy una mujer. Ésta mujer, sin más designios extraños ni qué casita feliz.
Tampoco estoy haciendo feminismo, amor mío. Estoy haciendo mis palabras nomás, las que me dicta el cuerpo. No hago feminismo: soy mujer, soy de signo femenino. Ni lo ensalzo ni lo reniego. Soy una mujer. Ésta mujer nomás. Como decir llueve cuando el aguacero arrecia. Como decir hace frío cuando la nieve nos contempla. Como decir es de noche cuando es de noche: soy mujer.
Necesito que Dios me dé mucha sabiduría para encender mi sol en medio de la breve oscuridad de un destino adverso: el de esta noche cuando al fin arribo a Más Allá. Necesito que mi creador me otorgue la gracia de la paciencia para generar la energía que enardezca mis cenizas y resurja el ave de fuego, alas de dragón, piel de salamandra; y de nuevo se haga en mí el milagro de la resurrección.
No voy a hacer la fiesta del olvido, queridas (véanse Instrucciones para abandonados). Por esta vida me impele el instinto a hacerlo de otra manera. No sé de cuál, porque sin duda se trata de algo que nunca he experimentado. Paciencia. Y no es una esperanza vana la que me sostiene en la espera. No exigen mis palabras a nadie. No he de hacer la fiesta del olvido. Nada hay por olvidar. Sólo debo con-vertirme, trans-formarme…
Dios: dame ojos para ver cuando él me vea, dame oídos para escuchar cuando él me escuché: porque tiene oído fino y escuchará, porque tiene mira atenta y me verá.
Me derramo, queridas, aquí. Yo no sé si alguno ha llegado hasta este punto conmigo. Sé que comprenden la necesidad de mis letras. Veo mis propios límites en este asunto, me delimito, me conformo, me contemplo y me contengo )) y apenas esta tarda erizabas mi sentidos a la insinuación de tu tacto. Paciencia. Desnudez. Líneas de sangre. Diarrea existencial. Vómito de la psique.
Ya necesito, mi querida Condesa L, estar dentro: renuncio a la periferia, a la clandestinidad, a que vivan con otra antes y después, y no conmigo. Va o no va, dicen los prácticos; y nosotras, tan quiméricas, nos desbarrancamos en el “buen gusto” de negar nuestro lugar, en la tibieza por no resultarles inapropiadas, inoportunas, incómodas, perturbadoras, abrumadoras, distractoras de sus afanes. También qué torpe tibieza la nuestra, ¿no es cierto? A ver: ¿por qué no vamos una noche de estas, armadas con nuestra mentada intensidad de hembras, a reclamar esos hombres que amamos? ¿Por qué nos quedamos confundidas, paralizadas, llorosas, sin ninguna puta idea de qué hacer? ¿Acaso adolecemos todos de mutua cobardía? ¿O es que esa batalla, usted y yo, la hemos perdido ya?
O será, simplemente, que no nos gusta hacer papeles secundarios. Por eso nos tachan de divas caóticas; aunque usted, Condesa, en ello lo es por oficio. Así que, bien, acaso sea verdad la tachadura.
Va o no va. Porque cuentos no hacemos: relatamos el tiempo. ¿Vos sabéis con claridad, querida Condesa L, a cuáles parajes queréis convidar a vuestro amante amor? Me parece que también he sido clara al expresar los sueños que embisten mi carne ante la presencia de mi amigo hermoso. Me parece que él ha deducido con claridad que deseamos construir universos distintos. ¿Qué podemos hacer con eso ninguno de los dos? Porque no se trata de elegir lo uno ni lo otro. No es un problema moral, es un pequeño detalle técnico que imposibilita la fusión de los deseos.
A mí, corazón mío, también me gusta mi vida como es. Pero pensaba en ti para tocar la apoteosis de tan dichoso gusto. A mí me gusta mi vida, y sé, sin embargo, que restan aún trabajos por elaborar mi transición. Porque tal vez, vivir mi sueño de entrega absoluta me conduzca a la consumación de mis fuerzas, pero sólo así muere un fénix con dignidad: envuelta en llamas. Y es que, querido amor, el sueño contigo es posible vivirlo sólo contigo. Y sí, queridas, ya otro sueño será o sería o hubiera sido con otro, pero eso es otra cosa. No es lo mismo.
Lo que ha de ser, ya es. Vigente el verso.
O cómo, cómo hacer el sueño a la distancia, cómo aceptar ser la amante de los domingos o la novia de los lunes… Diga usted, Condesa L, ¿aceptar la propuesta no sería colocarlos nosotras mismas a ellos en idéntica mísera posición: el amante de los domingos, el novio de los lunes? Y si decimos que tanto los amamos, Condesa, oriénteme: ¿no es una falta de respeto aceptar una cosa semejante? Yo no veo a mi amado siendo el que viene a dormir alguna vez, a las tres de la mañana, en fatiga de una fiesta de la que yo no he participado: vengo huyendo de eso, ya lo recuerdo…
Y tampoco es cosa de que me dedique a la abstinencia, amada Condesa L, pero primero necesito que el amor distienda sus alas y emigre junto conmigo. En realidad, amiga, el arrebato de un amante y otro y ahora aquí y mañana allá, en mi soledad, es una vida que ya me ha sido concedida. En verdad deseo encontrar un nuevo sino de compañía.
Pernoctando en Más Allá
Señora C.
Ya el cuerpo no constriñe esta hendidura del tiempo: mi sexo deshabitado, mi alma vela el oscuro temblor de tu silencio: vacío. Vacío y un minuto de silencio por mí; queridos: he llegado a Más Allá, y sí, es verdad lo que dicen de tan noble destino: es el vacío eterno, es el silencio con que mi vientre azota los murmullos de la pasión. He llegado a Más Allá, glorioso arribo el que mi creador le concede a mi blasfemo espíritu.
Esta noche niego todo mal, me apego a la palabra de la luz para alabar el tiempo y la circunstancia que me ha sida concedida: nadie ha pecado: así sea: que a partir de hoy estemos libres de toda culpa, de toda perturbación: si el sueño de mi amado se consigue conmigo en la periferia: venga, amor: hágase tu voluntad, corazón mío: quiero verte arriba, rodeado de luces de neón, volando ingrávido a través de la micro velocidad del ritmo: así sea: los dioses te lo concedan punto a punto, ruego por ello, porque así puedo justificar el dolor de la renuncia, sólo en mi profundo deseo por que así sea me es dado ejecutar la maniobra terrible de evacuar las pertenencias de mi amor, del amor que eso mismo desea para ti, en cualquier circunstancia.
Díganme, os lo suplico: ¿cómo le explico a él la conformación de mis materias de amor???? Cómo le digo que ninguna de estas palabras es rencor ni amenaza, que no es venganza el tiento por no pasarme de emoción, que no es berrinche apartarme cuando él me indica tal suceso (acaso por momentos es destello de lujuria, la pasión encendida en mis entrañas en pos de sus besos, pero es sólo eso, señor juez, sólo eso)…
Alguien dígaselo, para que no me juzgue con dureza ahora que he de disolver a esta que muere por arder con él. Es hermoso mi amigo, lo he dicho tanto y tanto, si por eso duele abandonar sus encantos… Háganle saber que es verídico mi sentimiento y en profunda buena voluntad mi acto de silencio. Infórmele, si a alguien le es posible, que haberle dicho que está liberado de mi presencia ha sido porque he escuchado con suma atención las delimitaciones que su amor requiere, que he comprendido muy bien cuando me ha dicho que ahora él se está reconstruyendo…
Amor: lee con tono dulce esta partitura, que no hay en mis signos ni un pedacito de reproche. Comprendo: la reconstrucción es un camino que se emprende por sí, en sí, dentro de sí; y a veces necesitamos la compañía que nos refiera por un momento a la vida nueva, la que renace al término de un gran ciclo, y a veces necesitamos la soledad, el tiempo de la búsqueda: tú ya resucitaste, corazón, ¿recuerdas que nos acurrucamos juntos entre la mortaja de sábanas que tejí para que muriéramos los dos? Tu nuevo tiempo arriba dichoso: ¿cómo podría no llenarme yo misma de gozo por tu felicidad, amado amigo? Sólo que tu dicha implica mis ausencias, el detalle donde las mil bendiciones que te auguro se entrelazan con la desolación que ello significa para mí.
Y no, no soy la víctima, no lo fui antes y no lo soy ahora, y no lo seré después. Ni tampoco es víctima mi entrañable amor mío, no ha sido y no será víctima. Y tampoco nos vamos a victimar entre nos.
Cuando digo desolación es porque ocurre: hay que devastar el universo concebido. Yo también tengo mi sueño, querido, pero al conocerte soñé mi sueño contigo y tu sueño conmigo, y lo hice porque nuestras presencias posibilitaban tal visión, nunca antes contemplada… Mis anhelos contigo no están predeterminados, ocurren al conocerte, por intermedio de tus palabras, de tus propuestas, de tu presencia: lo he intentado explicar.
Para mí, no es que sea tarde para jugar a la casita, es que nunca me han gustado los roles tradicionales: no es lo mío ser la gran mujer tras el gran hombre, busco pareja-pareja, hombro a hombro como alguna vez te escuché decir de nuestro amor; ¡y con qué gozo recuerdo la dichosa sensación al timbre de tus palabras!
((Voy a necesitar su ayuda, queridas; voy a necesitar que ustedes tampoco me juzguen si no estoy del todo en mis antiguos cabales))
¿Quién, querido, podría reprochar que tus sueños no incluyan la cercanía que yo deseo? ¿Quién, querido, podría reprochar que mis sueños incluyan la cercanía que no deseas? ¿¿Quién violenta a quién?? Y si además intermedia entre tú y yo este amor tan poderoso… Ninguno queremos jugar a lo que ya jugamos con otros: cualquiera nos comprende, cualquiera se pone de nuestro lado, del suyo y del mío: qué razón tan grande nos asiste.
Pero no es precisamente razonable lo que siento por él, queridas (no me juzguen, os lo suplico). No nos suena razonable lo que cada quien pide al otro (no lo juzguen a él, os lo suplico, que tampoco sabe nada, que también todo lo confunde, igual que yo, mi amadísimo amigo). No hemos querido hacernos daño, sólo queríamos hacernos el amor, su señoría, os lo juro.
Queridas, he llegado a Más Allá entre jirones de piel, arrastrando tras de mí la jauría de monstruos que confunden y pueblan de miserias a los hombres que toca mi instinto de luna plena. Queridas, he llegado a Más Allá, austera, procurando causar el menor daño posible: he llegado al desierto, donde sólo me queda este silencio, este, este silencio.
Más allá de Más Allá no hay nada, sólo Más Allá y Más Allá, por extensiones interminables de pastizales llanos donde mi toro ha de apaciguar su íntima tristeza de poderosa flama.
Necesito, por el instante, queridos todos, reposar algunos días para reponer mi espíritu del tránsito con que he recorrido el camino. Un paso torpe el mío: he dejado a mi amigo saturado de mí ))) agacho la cabeza para no mirar sus ojos )) me voy lo más rápido posible para no mirar sus ojos )) lo más rápido posible para que no me dé tiempo de hacerla de pedo, de musitar, para no gritarle: aguarda, espera; para no acosarlo con el delirio de mis esperanzas siempre en flor… )) no quiero mirarlo porque no me voy, porque si dudo por un acorde más, me quedo y acepto cualquier miga por temor (pero no hay temor, hay claridad, triunfa la luz sobre la oscuridad).
Querido Caballero DeLira: tenéis razón: no es la inmortal quien duda: ejecutad en lo inmediato vuestra voluntad de cambiarnos el final.
Venga nueva convocatoria, queridas: al encontrarme con mi amigo he dado un paso para aceptar-me: sí, he sido yo quien ha pronunciado las palabras para librar a mi amigo de mí, soy yo quien no ha sido capaz de acoplarse a la propuesta de pareja que mi amigo me hace, y es porque mi alma, en efecto, lo desea con una intensidad… Ni cómo describirla. Con la intensidad de las palabras que se me desbordan a cualquier provocación de este destino de soledad al que ahora libero: quiero un compañero.
He viajado en sol-edad a través de los tiempos, ha sido el llamado que mi creador me ha dado para construirme: me acepto. Dios: aguardo la señal con que tu mano ha de guiarme hacia mi compañero. Mi alma suplica por el favor de un hombre que sostenga la voluntad del tiempo junto a mí, mi alma ya necesita su apoyo y su complitud, señor.
Sé que he de ser paciente, me lo dijo hoy un poderoso enviado divino, heredero de las potencias de Isthar la del nombre impronunciable; y que ha sido ella misma quien me ha conducido hasta él. Sé paciente, me dijo en voz cristalina y gozosa, y el pequeño lobo-nahual siguió jugando futbol como si nada, entre risas y entusiasmos. Dame, señor, tu serenidad. Sabes que soy torpe y sorda, sé paciente también conmigo, señor, tolera mis tropiezos de aprendiz.
Dios: hágase tu voluntad, en tus manos estoy. Hágase en nos tu reino.
Paciencia… Y tal vez mi sueño es, invariablemente, el de la ficción. Pero sí veo a mi amado leyendo mientras yo escribo, sí me asomo a la ventana y veo Manhatan, París o Tepiji del Río, y siento el brazo de mi hombre reptar por mi cintura y esa tarde daremos un concierto o leeremos un relato o daremos una conferencia los dos. Y pasado mañana sale nuestro avión a Nayarit, a pasar tres meses para crear y coger, coger y crear, comer y crear y coger… El sueño lúbrico de toda artista.
Paciencia Fe Serenidad
Sólo sé con-formarme con la entrega plena. Y, ay, querida Condesa L, igual que vos con vuestro saltimbanqui, yo también pensé en mi hermoso amigo para ser, en uno solo, un mismo deseo: alguien para coger, alguien para charlar, alguien para filosofar, alguien para parrandear, alguien para crear, alguien para vivir con él… Todavía queremos que sea uno solo. Pues es bien cierto que sí hay alguno para coger, otro para bailar, quien se apunta para charlar… Pero esos son fragmentos. ¿Por qué no podemos con-formarnos con retazos?
Y que se aviente al tú por tú, al mí por ti y al ti por mí. Y jugar a las casitas: tú en la mía, yo en la tuya, y a veces cada quien en la suya. Hombro a hombro para bailar y llorar. Y que sepamos estar en lo cotidiano, que sepamos los dos respetar y entregar a manos llenas, entregar-nos sin pudor y sin moral.
Y ahora, cómo he de enviar la petición al universo. Cómo he de matizar la imagen para no endosársela a cualquiera. Paciencia. Y re-signación.
)) he de dominarme para no correr y lanzarme de bruces por un abismo que no es mío, que es de otra mujer, de otro pasado que no soy yo, de una casita que yo no he jugado )) he de dominarme para no arrojarlo de cabeza por un abismo que no es de él… Me libero de mi pasado. Así sea. Para amar con entrega. Para que me amen con entrega. Hombro a hombro para trasnochar y consolar.
Y sigo pensando en mi querido amigo, deseando que no se tome a mal mi palabra (alguien dígaselo, pero con otra voz, con otros sentidos, porque yo no he sabido transmitir nada). Porque no se trata de que yo salga corriendo a buscar un tipo. No. No se trata de otra persona. No es que yo desee estar con “alguien” más… Es sólo que he comprendido con claridad cuando me ha dicho que ahora él no puede ofrecer. Es tan nítido, y comprensible. Cualquiera hemos estado ahí.
Sí, amor, tú sólo has delimitado tus terrenos. Es justo, lo aplaudo, lo celebro. Es sólo que tú tienes claras tus cadencias, tus paraderos y tu destino de llegada. Y es verdad: he sido yo quien no se ha con-formado con el territorio que tu hermosísima intensión me asigna. Quisiera poder hacerlo. Con otro no me importa que sean dos noches o una sola, cada tres meses o en fin de semana o una sola vez en la vida… Pero contigo, amor, mi alma se incendia de pasiones. No es lo mismo. No eres las putas de quienes vengo huyendo. Tú me resultas admirable, respetable, besable, amable, tocable, hablable, deseable, contable y vivible: no le pidas a mi corazón que te quiera por fragmentos moderados, le resulta imposible al momento. Si por tus encantos es que deseo tu presencia…. Qué le vamos a hacer. Y si estoy cerca te voy a seguir hostigando. Si me conozco un poco, casi no, pero algo.
((Chicas: deténganme si ven que sucumbo)). Impídanme ser la neurótica histérica del cuento, por favor: que no llame yo a las imprudentes tres de la mañana, buscando alcoholizada los tonos de su voz: si ya sabemos que nos choca que nos hagan algo así.
Por supuesto, queridas, no estoy convencida de nada, no me convenzo ni a mí. Pero tengo muy claro que he de hacer un esfuerzo mayúsculo para construir-me un pequeño espacio de congruencia (A ver si como ronco duermo). Y no es por orgullo, alguien déle el parte, os lo suplico; es más bien en acto de humildad.
Hemos llegado a Más Allá. Detrás, la montaña impenetrable del pasado; delante, los abismos profundos del instante. Hemos llegado al límite de nuestras expectativas. Es el punto sin retorno. Mi amigo y yo nos jugamos el todo o nada. Ni siquiera es necesario dar interpretación a estas palabras (todo-nada): carecen de sentido, no se esfuercen. Pero es innegable que es así para nosotros. Amada Lady I, entrañable Caballero DeLira, vos que conocéis el destino de la historia: mi amigo y yo estamos en la escena de la batalla final de los inmortales (vendría música épica-dramática que mi amigo hubiera improvisado).
No hay ni una pizca de falso orgullo ni atolondrada modestia en lo que os escribo en mi primera noche en Más Allá… Si yo pudiera conservarme así, etérea como en esta letra, impronunciable como el nombre de Isthar. Pero mi cuerpo corrupto se niega a ser musa inepta o cosa que parece una novia. Soy una mujer, sólo eso. No soy una reina ni una madre. Soy una mujer. Ésta mujer, sin más designios extraños ni qué casita feliz.
Tampoco estoy haciendo feminismo, amor mío. Estoy haciendo mis palabras nomás, las que me dicta el cuerpo. No hago feminismo: soy mujer, soy de signo femenino. Ni lo ensalzo ni lo reniego. Soy una mujer. Ésta mujer nomás. Como decir llueve cuando el aguacero arrecia. Como decir hace frío cuando la nieve nos contempla. Como decir es de noche cuando es de noche: soy mujer.
Necesito que Dios me dé mucha sabiduría para encender mi sol en medio de la breve oscuridad de un destino adverso: el de esta noche cuando al fin arribo a Más Allá. Necesito que mi creador me otorgue la gracia de la paciencia para generar la energía que enardezca mis cenizas y resurja el ave de fuego, alas de dragón, piel de salamandra; y de nuevo se haga en mí el milagro de la resurrección.
No voy a hacer la fiesta del olvido, queridas (véanse Instrucciones para abandonados). Por esta vida me impele el instinto a hacerlo de otra manera. No sé de cuál, porque sin duda se trata de algo que nunca he experimentado. Paciencia. Y no es una esperanza vana la que me sostiene en la espera. No exigen mis palabras a nadie. No he de hacer la fiesta del olvido. Nada hay por olvidar. Sólo debo con-vertirme, trans-formarme…
Dios: dame ojos para ver cuando él me vea, dame oídos para escuchar cuando él me escuché: porque tiene oído fino y escuchará, porque tiene mira atenta y me verá.
Me derramo, queridas, aquí. Yo no sé si alguno ha llegado hasta este punto conmigo. Sé que comprenden la necesidad de mis letras. Veo mis propios límites en este asunto, me delimito, me conformo, me contemplo y me contengo )) y apenas esta tarda erizabas mi sentidos a la insinuación de tu tacto. Paciencia. Desnudez. Líneas de sangre. Diarrea existencial. Vómito de la psique.
Ya necesito, mi querida Condesa L, estar dentro: renuncio a la periferia, a la clandestinidad, a que vivan con otra antes y después, y no conmigo. Va o no va, dicen los prácticos; y nosotras, tan quiméricas, nos desbarrancamos en el “buen gusto” de negar nuestro lugar, en la tibieza por no resultarles inapropiadas, inoportunas, incómodas, perturbadoras, abrumadoras, distractoras de sus afanes. También qué torpe tibieza la nuestra, ¿no es cierto? A ver: ¿por qué no vamos una noche de estas, armadas con nuestra mentada intensidad de hembras, a reclamar esos hombres que amamos? ¿Por qué nos quedamos confundidas, paralizadas, llorosas, sin ninguna puta idea de qué hacer? ¿Acaso adolecemos todos de mutua cobardía? ¿O es que esa batalla, usted y yo, la hemos perdido ya?
O será, simplemente, que no nos gusta hacer papeles secundarios. Por eso nos tachan de divas caóticas; aunque usted, Condesa, en ello lo es por oficio. Así que, bien, acaso sea verdad la tachadura.
Va o no va. Porque cuentos no hacemos: relatamos el tiempo. ¿Vos sabéis con claridad, querida Condesa L, a cuáles parajes queréis convidar a vuestro amante amor? Me parece que también he sido clara al expresar los sueños que embisten mi carne ante la presencia de mi amigo hermoso. Me parece que él ha deducido con claridad que deseamos construir universos distintos. ¿Qué podemos hacer con eso ninguno de los dos? Porque no se trata de elegir lo uno ni lo otro. No es un problema moral, es un pequeño detalle técnico que imposibilita la fusión de los deseos.
A mí, corazón mío, también me gusta mi vida como es. Pero pensaba en ti para tocar la apoteosis de tan dichoso gusto. A mí me gusta mi vida, y sé, sin embargo, que restan aún trabajos por elaborar mi transición. Porque tal vez, vivir mi sueño de entrega absoluta me conduzca a la consumación de mis fuerzas, pero sólo así muere un fénix con dignidad: envuelta en llamas. Y es que, querido amor, el sueño contigo es posible vivirlo sólo contigo. Y sí, queridas, ya otro sueño será o sería o hubiera sido con otro, pero eso es otra cosa. No es lo mismo.
Lo que ha de ser, ya es. Vigente el verso.
O cómo, cómo hacer el sueño a la distancia, cómo aceptar ser la amante de los domingos o la novia de los lunes… Diga usted, Condesa L, ¿aceptar la propuesta no sería colocarlos nosotras mismas a ellos en idéntica mísera posición: el amante de los domingos, el novio de los lunes? Y si decimos que tanto los amamos, Condesa, oriénteme: ¿no es una falta de respeto aceptar una cosa semejante? Yo no veo a mi amado siendo el que viene a dormir alguna vez, a las tres de la mañana, en fatiga de una fiesta de la que yo no he participado: vengo huyendo de eso, ya lo recuerdo…
Y tampoco es cosa de que me dedique a la abstinencia, amada Condesa L, pero primero necesito que el amor distienda sus alas y emigre junto conmigo. En realidad, amiga, el arrebato de un amante y otro y ahora aquí y mañana allá, en mi soledad, es una vida que ya me ha sido concedida. En verdad deseo encontrar un nuevo sino de compañía.
Pernoctando en Más Allá
Señora C.
jueves 4 de junio de 2009
50 EPÍSTOLAS REGRESIVAS
EPÍSTOLA 46
Queridos todos:
Esta mañana he arribado al fin a un pequeño paradero a la vera del camino por el cual me dirijo a Más Allá, una vez que Lontananza no ha resultado lugar suficientemente lejano para despistar la huella del mal que me signa.
De nuevo ha pecado mi ánima, otra vez he caído en tentación: he deseado fundirme en la estirpe de mi amado… Sí, lo confieso, he visto su alma y la mía en penetración, como si de nuestros cuerpos se tratara, enlazados en caricias, desplazados de su centro por la anulación del tiempo, el instante de la entrega, la plenitud…
Tenéis razón, Acróbata del Anónimo Delirio, ningún caballero osaría atravesar por los intrincados pasillos de fuego intenso en filigrana rococó. Si yo misma me consumo en darles vida, si yo misma intento alejarme de mí, de mis abismos, del constante rugido de mi pecho en pos de sus urgencias. Y porque sé de la fragilidad, tampoco osaría yo enardecer los júbilos de mi amado amigo… Todo laberinto, querido Caballero DeLira, tiene su salida de emergencia, debidamente indicada, como explicita el manual de las buenas costumbres: me pide su libertad, la tiene, porque mía no es la libertad y menos la suya propia: es libre quien así lo desea, es libre de su propia libertad quien así lo desea. ¿Cómo podría yo perturbar los afanes melódicos con que mi amado caballero distorsiona el tiempo? Si tal es su oficio, si en dichosa faena lo descubrí.
He pecado, queridas, pues he deseado construir un hogar, mísera salamandra de tierra caliente, para dar calor a un hombre que tañe con signo de agua. Fuego y agua. Tierra y viento. Hombre y mujer. Día y noche. Nahuales y Ocelotes. Por eso me retraigo, venga a nos el reino de la claridad, la edad del sol.
¿Cómo podría yo invitar a nadie a transitar los infiernos? A mi amigo se lo dije al inicio: yo por mí, te llevaba a vivir conmigo a los infiernos; pero no lo haré, le dije, y cumplo mi dicho, no he de llevarlo conmigo.
Invisible Caballero del Delirio: ¡si hasta mi locura he empeñado en esta última jornada! Es de agua el signo de mi amante: voluble se desliza tomando la forma del terreno, o es furia que arrastra consigo el tiempo. Yo soy fuego, y consumo; no me adapto si no es consumiendo para existir…
La mujer llega hasta donde el hombre quiere, reza el adagio posmoderno, queridas mías, amadas brujas. Yo ya hubiera montado el espectáculo, ya estaría en la playa con él y estaría buscando los recursos para llevármelo a la India, o más allá, a Más Allá, y aún más lejos, trepidando en mi carroza de fuego puesta a disposición del mar de sus encantos que pocos no son. Y heme aquí, en silencio, apertrechada en esta mísera posada del camino, alejándome de esa terrible imagen que me persigue. No, no habría yo de llevarlo a mis infiernos de sustancias diluidas en el neón del escenario, en la seda de la alcoba ardiente. No habría de llevarlo a sudar por las arenas de mis anheladas playas, no habría de volcar el universo para beberme un café en París financiado apenas con un lazo de oración. ¿Qué clase de loco, orate maniaco habría de arrojar sus aguas al fuego, mi fuego a sus aguas, erupción de volcanes sobre el mar enfurecido, para formar nuevas islas del tesoro, nuevos continentes sin nombre, sin partitura?
Pero, querido amigo, si algún eco de mi entraña vibra entre las fisuras de tu fortaleza: nunca te he invitado a renunciar a tus universos, por el contrario, el aliento de tu boca me invitó a la posibilidad de compartirlos, tal fue la llama que encendieron tus impulsos en mi tiempo. ¿Cómo querría yo que renunciaras a las fantasías a las cuales he deseado pertenecer? ¿Cómo podría yo pedir que dejaras de ser la esencia que amo en ti? ¿Cómo podría cerrarte el paso del camino que también mi alma urge por transitar?
El agua es por sí, amigo, producto de sus moléculas de sí, es vapor y firmeza de hielo, es lluvia, lago y riachuelo, es tormenta y mar clamor; tan maleable, tan voluble, va llenando su camino de sí. El fuego depende del combustible, necesita ser con otro para arder, el fuego es producto de dos, sustancia de dos…
Al ritmo de vuestro paso me atengo, querido amor mío, que sois vos quien sabéis de entonación. Por ti renuncio a ti y por mí renuncio a mí, para renunciar a la imagen, para no acosar de instintos tu soledad.
Distinguidas damas de la Corte de lo Real, perdonad el silencio de mis días, que anda mi alma en busca de su penitencia; perdonad que no pueda aún contentarme con la mesura que dicen que es propia del amor. Dos noches parecen muy pocas para entregar la pasión, si con una vida no alcanza… Y al mismo tiempo, a mi amigo le asiste la razón en pleno: cada quien a sus faenas, en medio de alguna, nuestro afán quizá coincidirá.
Que la plenitud nos ilumine con su luna.
Entre Lontananza y Más Allá.
Señora C.
Queridos todos:
Esta mañana he arribado al fin a un pequeño paradero a la vera del camino por el cual me dirijo a Más Allá, una vez que Lontananza no ha resultado lugar suficientemente lejano para despistar la huella del mal que me signa.
De nuevo ha pecado mi ánima, otra vez he caído en tentación: he deseado fundirme en la estirpe de mi amado… Sí, lo confieso, he visto su alma y la mía en penetración, como si de nuestros cuerpos se tratara, enlazados en caricias, desplazados de su centro por la anulación del tiempo, el instante de la entrega, la plenitud…
Tenéis razón, Acróbata del Anónimo Delirio, ningún caballero osaría atravesar por los intrincados pasillos de fuego intenso en filigrana rococó. Si yo misma me consumo en darles vida, si yo misma intento alejarme de mí, de mis abismos, del constante rugido de mi pecho en pos de sus urgencias. Y porque sé de la fragilidad, tampoco osaría yo enardecer los júbilos de mi amado amigo… Todo laberinto, querido Caballero DeLira, tiene su salida de emergencia, debidamente indicada, como explicita el manual de las buenas costumbres: me pide su libertad, la tiene, porque mía no es la libertad y menos la suya propia: es libre quien así lo desea, es libre de su propia libertad quien así lo desea. ¿Cómo podría yo perturbar los afanes melódicos con que mi amado caballero distorsiona el tiempo? Si tal es su oficio, si en dichosa faena lo descubrí.
He pecado, queridas, pues he deseado construir un hogar, mísera salamandra de tierra caliente, para dar calor a un hombre que tañe con signo de agua. Fuego y agua. Tierra y viento. Hombre y mujer. Día y noche. Nahuales y Ocelotes. Por eso me retraigo, venga a nos el reino de la claridad, la edad del sol.
¿Cómo podría yo invitar a nadie a transitar los infiernos? A mi amigo se lo dije al inicio: yo por mí, te llevaba a vivir conmigo a los infiernos; pero no lo haré, le dije, y cumplo mi dicho, no he de llevarlo conmigo.
Invisible Caballero del Delirio: ¡si hasta mi locura he empeñado en esta última jornada! Es de agua el signo de mi amante: voluble se desliza tomando la forma del terreno, o es furia que arrastra consigo el tiempo. Yo soy fuego, y consumo; no me adapto si no es consumiendo para existir…
La mujer llega hasta donde el hombre quiere, reza el adagio posmoderno, queridas mías, amadas brujas. Yo ya hubiera montado el espectáculo, ya estaría en la playa con él y estaría buscando los recursos para llevármelo a la India, o más allá, a Más Allá, y aún más lejos, trepidando en mi carroza de fuego puesta a disposición del mar de sus encantos que pocos no son. Y heme aquí, en silencio, apertrechada en esta mísera posada del camino, alejándome de esa terrible imagen que me persigue. No, no habría yo de llevarlo a mis infiernos de sustancias diluidas en el neón del escenario, en la seda de la alcoba ardiente. No habría de llevarlo a sudar por las arenas de mis anheladas playas, no habría de volcar el universo para beberme un café en París financiado apenas con un lazo de oración. ¿Qué clase de loco, orate maniaco habría de arrojar sus aguas al fuego, mi fuego a sus aguas, erupción de volcanes sobre el mar enfurecido, para formar nuevas islas del tesoro, nuevos continentes sin nombre, sin partitura?
Pero, querido amigo, si algún eco de mi entraña vibra entre las fisuras de tu fortaleza: nunca te he invitado a renunciar a tus universos, por el contrario, el aliento de tu boca me invitó a la posibilidad de compartirlos, tal fue la llama que encendieron tus impulsos en mi tiempo. ¿Cómo querría yo que renunciaras a las fantasías a las cuales he deseado pertenecer? ¿Cómo podría yo pedir que dejaras de ser la esencia que amo en ti? ¿Cómo podría cerrarte el paso del camino que también mi alma urge por transitar?
El agua es por sí, amigo, producto de sus moléculas de sí, es vapor y firmeza de hielo, es lluvia, lago y riachuelo, es tormenta y mar clamor; tan maleable, tan voluble, va llenando su camino de sí. El fuego depende del combustible, necesita ser con otro para arder, el fuego es producto de dos, sustancia de dos…
Al ritmo de vuestro paso me atengo, querido amor mío, que sois vos quien sabéis de entonación. Por ti renuncio a ti y por mí renuncio a mí, para renunciar a la imagen, para no acosar de instintos tu soledad.
Distinguidas damas de la Corte de lo Real, perdonad el silencio de mis días, que anda mi alma en busca de su penitencia; perdonad que no pueda aún contentarme con la mesura que dicen que es propia del amor. Dos noches parecen muy pocas para entregar la pasión, si con una vida no alcanza… Y al mismo tiempo, a mi amigo le asiste la razón en pleno: cada quien a sus faenas, en medio de alguna, nuestro afán quizá coincidirá.
Que la plenitud nos ilumine con su luna.
Entre Lontananza y Más Allá.
Señora C.
miércoles 13 de mayo de 2009
50 EPÍSTOLAS REGRESIVAS
47 regresiva
NAHUALES VS OCELOTES
Honorables Jueces de la Corte Real:
Como os he explicado en repetidas ocasiones: padezco de un terrible mal: todo lo confundo, pues hablan por mi ser impronunciables voces de alarma y pesadilla, pasión y ensueño… Se contradicen los apetitos de mi encarnación.
No podemos luchar contra la serenidad de un beso de amor… Mi amado continúa consternado con la presencia de estas letras y yo no sé cómo más explicar que no, que al contrario: esta soy yo: son mis dudas, mis abismos-contradicciones: que sí soy neurótica, pues, es lo que trato de de deciros en cada línea, a él y a vosotras, hermosas justicieras de la corte de lo Real Maravilloso.
Otra vez me presento ante ustedes: des-nuda… Pero no es verdad, porque estoy echa nudos; resulta imposible mentir aquí, sentada en el banquillo virtual de la auto-sugestión (auto-sujeción). Por eso me llama (flama) mi ser a transcribir el pensamiento, la emoción, a transcribir lo que no es posible decir de otro modo que no sea por intermediación de la ficción… Todo esto ya lo he dicho repetidas veces, repetidas voces superpuestas sobre mi cuerpo en vida.
Confieso: estoy loca: en-mí-misma-hada, ensimismada en sí mi alma se halla, dice mi amado: es cierto, querido, la verdad habla por tus palabras. La acusación de mi hermosísimo y entrañable amigo es justa: enloquezco cuando la imagen colapsa con la imagen de él. Nadie se salva. El amor viene acompañado con jaurías de anuales y ocelotes.
Amor de Nahual: las panteras negras se desgarran la piel: mis histéricas contra sus volubles: mis intensas contra sus volátiles dedos al tocar el instrumento de mi entrega… Amor de Ocelotl: los inmortales reclamado del otro la imagen del paraíso: si yo he visto la imagen mía reflejada en tus ojos.
Por otro lado, que se sepa de una vez la verdad des-nuda: las mujeres hablamos y hablamos y hablamos; que se sepa a viva voz que somos encarnación de la palabra… No es que nosotras hayamos elegido, el lenguaje se nos impone, se nos impone la interpretación, se nos avienta el signo como animal rabioso… Nomás estamos aprendiendo a no renegar de la palabra que se nos fue concedida. Antes que herirte, querido amado mío, maestro: he aquí mi alma, he aquí mi contradicción sin estandarte: a ninguna causa me adhiero: sólo narro, sólo describo los estadios de evolución de la imagen: soy esta palabra cuando estoy sumergida en el instante de volcar mis tientos por la virtualidad de vuestros ojos verdes.
Tenéis los ojos de un loco, amigo: y ahí me veo reflejada: yo os lo dije, por evitarme estas pasiones quise huir de vuestro caos: pero ahí, como narciso, me quedé presa, en-ti-mismada en mi reflejo… Pero decidme, maravillo amigo: ¿Para vos vale la pena anclarse entre las sábanas con esta simple mortal? Diosa no soy: miradme: soy esto
Y esto
Y esto
Nomás voy siendo, a duras penas, amigo. Soy esto.
Soy esto, amigas, nada más: una enloquecida de amor eterno, inmortal en sus ratos libres, pero siempre ando haciendo, llenándome de pausas, postergando el encuentro. Es que sí lo amo, queridas, os los he dicho tanto (qué repetición en espiral, por Dios, marea)… Por eso: si me pide distancia, distancia le concedo (hay una canción al respecto: “Cuando llamas estoy, a la hora que tú digas voy”); si me dice más lento, bajo la velocidad; si me dice de lejos, escribo epístolas: es el llamado del amor.
Aceptar que la imagen es mía, y dejar de endilgarle al otro la responsabilidad de mi paso no es un paso sencillo: ustedes saben que esta búsqueda me ha traído a estos llanos de perturbación. Si me dice que no quiere jugar a la casita, me detengo, dejo de jugar a la casita… Eso es renuncia, eso es amor: nada qué reclamar, querido amor mío, te lo he dicho: comprendo tu postura; y al comprenderte a ti, me comprendo a mí (espejito, espejito).
Una crisis neurótica, amados amigos, se manifiesta por la coincidencia de varias voces internas que reclaman asuntos distintos, matices de lo mismo, e incluso contradicciones… Os manifiesto mis síntomas, para que tengáis cuidado y no os contagiéis de la infecta ESTRIDENCIA de mis palabras. He logrado haceros un esquema en la epístola anterior; pero hasta ahí llego… Entiendo la contradicción, como el síntoma más claro de mis procesos neuróticos: un estímulo externo detona al construcción de un esquema de posibilidad al futuro, un esquema preciosista en mi caso: una suerte de guión referido a la producción y el montaje de una escena “viva”: un proyecto de futuro, aunque se trate del instante siguiente… Mi mente compone esta imagen en cuestión de segundos, de un modo casi imperceptible; un universo proveniente de la experiencia recolectada en forma de supuestos o imágenes interiores (la imagen, queridas, la imagen del amor, del tiempo). Luego, aparece un segundo estímulo externo, el cual (ojo), en “comparación” con la proto-imagen que mi psique se ha construido, resulta contradictorio, amenaza la probabilidad de llevar a cabo el performance pre-dicho…
Es así… Pero llegar a esta descripción no me exime de nada. Yo sé cuánto lucha mi amado contra sus propios demonios; en la misma fuerza con la cual yo lidio la faena del tiempo en mi redondel de sangre… Tampoco nos justifica. Y sin embargo, la experiencia implica que estamos tocando el límite, el borde del abismo: ¿nos aventamos? ¿Y si las alas no son suficientemente fuertes para alzar estos 38 vidagramos?
Es que, querido, queridas: soy una fragilidad toda temblorosa. A ciegas. Me guía el radar de mi instinto nocturno (femenino). Amor: soy una mujer: y sí te veo, te veo con una nitidez casi imposible de concebir por quienes fui en mis vidas anteriores. No eres tú, soy yo: No soy yo, eres tú. Estoy de pie, des-nuda, en la orla aguda de mis propios referentes (de nuevo y otra vez más).
Lady I: no son los príncipes quienes destiñen a la primera lluvia: es la imagen al deslavarse bajo el nuevo bautizo del tiempo, para renovar sus votos de entrega… No vamos a dejar de amar, no nos hagamos tontas…
Duquesa D: el amor siempre es el estertor de la incertidumbre, amiga amada; tenemos en común la atracción por ciertas idénticas aristas de la locura; es solo que nuestra manifestación trae cargas históricas distintas: pero de que hay cachondería en nos… Así nos hizo Dios; alabemos sus dones.
Condesa L: Vos, madame, que sufrís como yo el hechizo encantador y volátil de los laúdes, sabéis bien cuál es el verso de la ficción cuando os digo que esto es pasar del cuento al ensayo: vivamos, pues, lo que haya que vivir, y hasta donde topemos de nuevo con la ausencia de nuestra imagen en el espejo. Vampiresas, sería el término, ¿es así?: entidades de la oscuridad en vuelo hacia la propia entraña: parto con espasmos de lujuria: y he aquí que la literatura también es arte escénica (cómo que no).
En pánico escénico.
Muy Suya señora C.
NAHUALES VS OCELOTES
Honorables Jueces de la Corte Real:
Como os he explicado en repetidas ocasiones: padezco de un terrible mal: todo lo confundo, pues hablan por mi ser impronunciables voces de alarma y pesadilla, pasión y ensueño… Se contradicen los apetitos de mi encarnación.
No podemos luchar contra la serenidad de un beso de amor… Mi amado continúa consternado con la presencia de estas letras y yo no sé cómo más explicar que no, que al contrario: esta soy yo: son mis dudas, mis abismos-contradicciones: que sí soy neurótica, pues, es lo que trato de de deciros en cada línea, a él y a vosotras, hermosas justicieras de la corte de lo Real Maravilloso.
Otra vez me presento ante ustedes: des-nuda… Pero no es verdad, porque estoy echa nudos; resulta imposible mentir aquí, sentada en el banquillo virtual de la auto-sugestión (auto-sujeción). Por eso me llama (flama) mi ser a transcribir el pensamiento, la emoción, a transcribir lo que no es posible decir de otro modo que no sea por intermediación de la ficción… Todo esto ya lo he dicho repetidas veces, repetidas voces superpuestas sobre mi cuerpo en vida.
Confieso: estoy loca: en-mí-misma-hada, ensimismada en sí mi alma se halla, dice mi amado: es cierto, querido, la verdad habla por tus palabras. La acusación de mi hermosísimo y entrañable amigo es justa: enloquezco cuando la imagen colapsa con la imagen de él. Nadie se salva. El amor viene acompañado con jaurías de anuales y ocelotes.
Amor de Nahual: las panteras negras se desgarran la piel: mis histéricas contra sus volubles: mis intensas contra sus volátiles dedos al tocar el instrumento de mi entrega… Amor de Ocelotl: los inmortales reclamado del otro la imagen del paraíso: si yo he visto la imagen mía reflejada en tus ojos.
Por otro lado, que se sepa de una vez la verdad des-nuda: las mujeres hablamos y hablamos y hablamos; que se sepa a viva voz que somos encarnación de la palabra… No es que nosotras hayamos elegido, el lenguaje se nos impone, se nos impone la interpretación, se nos avienta el signo como animal rabioso… Nomás estamos aprendiendo a no renegar de la palabra que se nos fue concedida. Antes que herirte, querido amado mío, maestro: he aquí mi alma, he aquí mi contradicción sin estandarte: a ninguna causa me adhiero: sólo narro, sólo describo los estadios de evolución de la imagen: soy esta palabra cuando estoy sumergida en el instante de volcar mis tientos por la virtualidad de vuestros ojos verdes.
Tenéis los ojos de un loco, amigo: y ahí me veo reflejada: yo os lo dije, por evitarme estas pasiones quise huir de vuestro caos: pero ahí, como narciso, me quedé presa, en-ti-mismada en mi reflejo… Pero decidme, maravillo amigo: ¿Para vos vale la pena anclarse entre las sábanas con esta simple mortal? Diosa no soy: miradme: soy esto
Y esto
Y esto
Nomás voy siendo, a duras penas, amigo. Soy esto.
Soy esto, amigas, nada más: una enloquecida de amor eterno, inmortal en sus ratos libres, pero siempre ando haciendo, llenándome de pausas, postergando el encuentro. Es que sí lo amo, queridas, os los he dicho tanto (qué repetición en espiral, por Dios, marea)… Por eso: si me pide distancia, distancia le concedo (hay una canción al respecto: “Cuando llamas estoy, a la hora que tú digas voy”); si me dice más lento, bajo la velocidad; si me dice de lejos, escribo epístolas: es el llamado del amor.
Aceptar que la imagen es mía, y dejar de endilgarle al otro la responsabilidad de mi paso no es un paso sencillo: ustedes saben que esta búsqueda me ha traído a estos llanos de perturbación. Si me dice que no quiere jugar a la casita, me detengo, dejo de jugar a la casita… Eso es renuncia, eso es amor: nada qué reclamar, querido amor mío, te lo he dicho: comprendo tu postura; y al comprenderte a ti, me comprendo a mí (espejito, espejito).
Una crisis neurótica, amados amigos, se manifiesta por la coincidencia de varias voces internas que reclaman asuntos distintos, matices de lo mismo, e incluso contradicciones… Os manifiesto mis síntomas, para que tengáis cuidado y no os contagiéis de la infecta ESTRIDENCIA de mis palabras. He logrado haceros un esquema en la epístola anterior; pero hasta ahí llego… Entiendo la contradicción, como el síntoma más claro de mis procesos neuróticos: un estímulo externo detona al construcción de un esquema de posibilidad al futuro, un esquema preciosista en mi caso: una suerte de guión referido a la producción y el montaje de una escena “viva”: un proyecto de futuro, aunque se trate del instante siguiente… Mi mente compone esta imagen en cuestión de segundos, de un modo casi imperceptible; un universo proveniente de la experiencia recolectada en forma de supuestos o imágenes interiores (la imagen, queridas, la imagen del amor, del tiempo). Luego, aparece un segundo estímulo externo, el cual (ojo), en “comparación” con la proto-imagen que mi psique se ha construido, resulta contradictorio, amenaza la probabilidad de llevar a cabo el performance pre-dicho…
Es así… Pero llegar a esta descripción no me exime de nada. Yo sé cuánto lucha mi amado contra sus propios demonios; en la misma fuerza con la cual yo lidio la faena del tiempo en mi redondel de sangre… Tampoco nos justifica. Y sin embargo, la experiencia implica que estamos tocando el límite, el borde del abismo: ¿nos aventamos? ¿Y si las alas no son suficientemente fuertes para alzar estos 38 vidagramos?
Es que, querido, queridas: soy una fragilidad toda temblorosa. A ciegas. Me guía el radar de mi instinto nocturno (femenino). Amor: soy una mujer: y sí te veo, te veo con una nitidez casi imposible de concebir por quienes fui en mis vidas anteriores. No eres tú, soy yo: No soy yo, eres tú. Estoy de pie, des-nuda, en la orla aguda de mis propios referentes (de nuevo y otra vez más).
Lady I: no son los príncipes quienes destiñen a la primera lluvia: es la imagen al deslavarse bajo el nuevo bautizo del tiempo, para renovar sus votos de entrega… No vamos a dejar de amar, no nos hagamos tontas…
Duquesa D: el amor siempre es el estertor de la incertidumbre, amiga amada; tenemos en común la atracción por ciertas idénticas aristas de la locura; es solo que nuestra manifestación trae cargas históricas distintas: pero de que hay cachondería en nos… Así nos hizo Dios; alabemos sus dones.
Condesa L: Vos, madame, que sufrís como yo el hechizo encantador y volátil de los laúdes, sabéis bien cuál es el verso de la ficción cuando os digo que esto es pasar del cuento al ensayo: vivamos, pues, lo que haya que vivir, y hasta donde topemos de nuevo con la ausencia de nuestra imagen en el espejo. Vampiresas, sería el término, ¿es así?: entidades de la oscuridad en vuelo hacia la propia entraña: parto con espasmos de lujuria: y he aquí que la literatura también es arte escénica (cómo que no).
En pánico escénico.
Muy Suya señora C.
50 EPÍSTOLAS REGRESIVAS
48 regresiva
Dicen que soy bruja, porque convierto a los hombres en ficción. Pero si vuelvo a convertir a uno más, voy a terminar produciendo un bestiario, en vez de la famosa novela, que siempre avanza y nunca encuentra su final. Es injusto.
Ya pasé por una gama de finales dramáticos francamente impronunciable: Dios, mándanos a mis muchachas y a mí un hombre de carne y hueso, en presencia encarnado: o sea que sí esté cuando una se vuelve mujer y es de fragilidad el vuelo en su ejecución.
Sigo sin ser clara, lo sé, queridas; sé que Lady I se ha descompuesto la voz de hada diciéndome que a los hombres hay que explicarles por incisos, sin revolver referentes, y he aquí que es la sagrada hora en que sigo sin lograr cordura.
Es decir (reinicio), mándanos, Dios, a mis muchachas y a mí, un compañero, una pareja pareja atento atento con sesenta y nueve en proceso que sea seguido (bruja ninfómana, ninfa del mar océano). (Pero no es canto de sirena, porque, la neta, la neta, niegen-me-lo, si pueden: quién chingados de nosotras quiere ahogar al cuate. Nadie quiere ahogar al cuate, es la presencia nomás, y cada día vamos con más tiento, pero cada día quiere Ulises a güevo ahogarse…)
Las palabras, ustedes saben, las traigo agotadas, ya no hago sino mezclar los mismísimos lugares comunes, los de siempre, así ha de ser si son comunes (lindo modo de justificar mi carencia tiene la meta-literatura). Trabajo con puro producto agotado, ustedes saben, desde que dejé nuestro mágico Reino de Voz, así que dispensaran la torpeza del tropiezo: andar para atrás en la penumbra de la placenta no es cosa sencilla, queridas bellas amigas.
El tercer día, el de la resurrección, se acerca ya: alabemos a nuestra querida madre Nix.
Me dice mi amado que ha de encontrarme cuando andemos en vuelo… Ah, caray: suceden varias reacciones íntimas ante singular propuesta:
Una (la intensa): ¿Pos que no ya andábamos volando? ¿Y la sensualidad acaecida apenas un fin de semana antes? ¿Y las horas de pasión trabajando ambos sobre la obra propia? ¿Y la lucha cuerpo a cuerpo contra los demonios y ocelotes? ¿Y la revolución emprendida?
Dos (la chica trivial): O sea, cómo? O sea: cómo volando? O sea que si de pronto ando por los suelos mi pareja negará su mano para apoyar mi tropiezo?? O sea que cuando haya vuelo o sea plenitud o sea solvencia económica y moral o sea sólo cuando esté así de linda nos podemos encontrar?? O sea que si ahorita me está cargando la chingada no cuento con la presencia? O sea, cómo?? Neto: o sea cómo??
Tres (el diablo): Para vuelos su abuelita de batman. En serio, la cosa es bien práctica, bien primitiva: nos unimos en manadas para preservarnos: heme aquí luchando sola contra la jauría de miserias, y mi cuate no está, sabe dónde andará fugado.
Cuatro (la feminista): Por eso me juzgan de feminista loca histérica pasada de lanza… Pero nomás describo los acontecimientos íntimos, de verdad.
Cinco (la mística-mágica-cómico-musical): Es que, chicas: ya hice varias veces la valoración de los hechos, y no hallo justicia para la ausencia con la que duramente me ha condenado mi amigo.
Seis (la razonable): Dispensen la verborrea, ya saben que como no tengo para la terapia, aplico la tarjeta de cuate frecuente para hostigarlas con mi caso crónico.
Siete (la locura): Volar, dice mi amado; pero acaso tema a las alturas (tema yo, tema él, tema de conversación). Volar. Planear. Surcar. Y yo quiero volar ahora, y mi amigo no se ha decidido a vivir el sueño en vida: tiene puesto el talento, los recursos, la vieja, los viajes… O no se ha decidido a vivir el sueño conmigo, sería más precisa la imagen de lo que quiero describir. O su sueño no es el que yo creo que él quiere… En su mano está lo que ha pedido, todo lo tiene mi querido amigo, y no lo ve, o yo no veo que lo vea, para seguir con la precisión descriptiva, o lo que yo veo no es lo que él ve… Todo lo tiene, lo que dice desear, y no lo toma, o no veo que lo tome, o la neta lo que no veo es que esté aquí, ahora, para ser preciosista en mi decir. O porque ciertamente es la imagen mía la que tal visión percibe. (Porque una es la intensa, y se me olvida, se me olvida (que no se me olvide, que por esta vez no se me olvide)).
¿He de arrepentirme de qué acto esta vez? Así como no tengo reclamo, no tengo arrepentimientos, hermosas amigas hechiceras: el amor que pedí me fue concedido, he puesto a sus pies cuanta riqueza poseía, he postrado mi DES-NUDO cuerpo en ofrenda última a la posibilidad que me fue concedida: Cosmos, Dios, Destino, Nix, Vigotsky: cumplí la ofrenda: me entregué, creí, perdoné, tuve fe. Me cae que no reniego, me cae que me re-signo, porque no hay modo de maldecir el amor.
Ocho (la ególatra-paranoica): Volar. Si yo me la paso volando, por eso no hay quien me siga el paso?? Otro más que se abruma, se vuelve bruma espesa del bosque oscuro al hacer contacto con mi atmósfera?? Será verdad la teoría, expresa por mi confesor su Excelentísimo Príncipe de Q, de que mi pensamiento es tan inverosímil y rápido que no doy tiempo a la realidad de construirse y colapsa frente a mí??
Nueve (la amante): Y es que veo nítido, por un instante ínfimo: la que desea crear y viajar por el mundo y luchar por el sustento junto al amado, soy yo. Y esa imagen es de nuevo el vulgar lugar común del príncipe azul, el caballero negro, el herrero de las manos de filigrana rococó, el muy distinguido señor B. Es de nuevo la imagen, queridas, que ataca al hombre, se le clava como los dedos al amor: en contracciones deleitosas, volátiles, en un fuego que, por supuesto, claro, verídico que incinera…
Diez (el silencio): Miro mis páginas como cuadro clínico: desdoblamiento de la personalidad. Es cierto. Soy todas ellas, disueltas las esencias en las yemas de mis dedos al presionar el músculo de la letra. Soy testigo imparcial de sus acusaciones: me sorprendo ante la furia de algunas, la claridad de otras; me sorprendo cuando me veo viéndome… Pero sigo sin comprender nada, al contrario. Ayer he visto el camino: es oscuro y pleno de espinas (dicen). Así lo vi, y el dolor no ha sido por comprender los motivos de la separación, el dolor ha sido (egoísta), más bien por la comprensión misma: comprender en la experiencia el camino a seguir por el abandonado (véanse Instrucciones para abandonados)… Un camino de espasmos y llanos infértiles, pantanos y dunas traicioneras… Y luego viene ahora la imagen de cuántas veces he recorrido a pie dichoso territorios del vacío. Pero he dicho que tengo alas… ¿Ha llegado acaso el tiempo verídico de emplearlas?
Queridas: ¿es que pueden ustedes ver que, en efecto, poseo alguna cualidad de la locura? Os advierto: estoy mostrando ante ustedes mis síntomas, para que tomen las medidas pertinentes, a fin de evitar el contagio…
Ayer mismo, queridas, mi amigo me ha reclamado la injusticia de estas letras mías para con su personalidad… He debido explicar, como explico nuevamente a todas ustedes, que se trata de una ficción, queridas. Cuántas veces os tengo que decir que dicen que con un novelista no se está nunca seguro, nunca se sabe cuándo apareceremos desnudos a la mitad de una cuartilla. Ser o no ser. Verdad o ficción. ¿¿Me entendéis, amigas?? He aquí lo que os digo: estoy enferma, contagiada de sinsentido.
Lo que es verdad, empero, es que me hallo infecta nuevamente, pero se trata ahora de un mal mutante, un engendro quimérico. Os lo digo: no beséis a nadie: corréis el riesgo de entregaros al gozo, a la dulzura, a la intensidad del hallazgo, a la pasión del desencuentro: no beséis a nadie, corréis grave peligro de vivir la intensidad, corréis peligro de vivir. No miréis a los ojos de los hombres: os podéis quedar vueltas piedra frente a la imagen de vos reflejada en él; os podéis quedar paralizadas ante la visión de lo posible, os podéis quedar a vivir con él, os podéis terminar casando… Y tras leer esta epístola, queridas, lavaos bien la mirada, que el mal de ojo también os puede hacer mal. Lavaos la memoria, las orejas y la vagina. Lavaos el instinto, el ansia y la calentura. Renunciad a la imagen.
… Pero bien sabemos que ello no es posible, sé que ninguna de vosotras podrá seguir los consejos para un amor aséptico, libre de influencias, libre de toda perturbación, aguardando la venida gloriosa… Bien sabemos que esos son cuentos de hadas, y nosotras somos brujas. Aceptemos, pues nuestra naturaleza, queridas amadas mías: en estos días he estado más enamorada de vosotras, de vuestra imagen que es presencia, que de cualquier capitán de navío o príncipe xamán.
Es la imagen de la auto-procreación la que nos llama, queridas, a sucumbir a una velada a cambio de días y días de tormento en soledad; es la imagen, amadas, quien nos empuja a interpretar hieráticos signos virtuales para exonerar los vestigios de la ausencia; es la imagen, mujeres mías: no podemos luchar contra nuestra devoción, amantes amigas: el tiempo de la manifestación es justo: vuelen nuestros nahuales por la noche placenta de nuestro origen. No podemos luchar contra la serenidad de un beso de amor…
En años de pre-cuarentena
Señora C.
Dicen que soy bruja, porque convierto a los hombres en ficción. Pero si vuelvo a convertir a uno más, voy a terminar produciendo un bestiario, en vez de la famosa novela, que siempre avanza y nunca encuentra su final. Es injusto.
Ya pasé por una gama de finales dramáticos francamente impronunciable: Dios, mándanos a mis muchachas y a mí un hombre de carne y hueso, en presencia encarnado: o sea que sí esté cuando una se vuelve mujer y es de fragilidad el vuelo en su ejecución.
Sigo sin ser clara, lo sé, queridas; sé que Lady I se ha descompuesto la voz de hada diciéndome que a los hombres hay que explicarles por incisos, sin revolver referentes, y he aquí que es la sagrada hora en que sigo sin lograr cordura.
Es decir (reinicio), mándanos, Dios, a mis muchachas y a mí, un compañero, una pareja pareja atento atento con sesenta y nueve en proceso que sea seguido (bruja ninfómana, ninfa del mar océano). (Pero no es canto de sirena, porque, la neta, la neta, niegen-me-lo, si pueden: quién chingados de nosotras quiere ahogar al cuate. Nadie quiere ahogar al cuate, es la presencia nomás, y cada día vamos con más tiento, pero cada día quiere Ulises a güevo ahogarse…)
Las palabras, ustedes saben, las traigo agotadas, ya no hago sino mezclar los mismísimos lugares comunes, los de siempre, así ha de ser si son comunes (lindo modo de justificar mi carencia tiene la meta-literatura). Trabajo con puro producto agotado, ustedes saben, desde que dejé nuestro mágico Reino de Voz, así que dispensaran la torpeza del tropiezo: andar para atrás en la penumbra de la placenta no es cosa sencilla, queridas bellas amigas.
El tercer día, el de la resurrección, se acerca ya: alabemos a nuestra querida madre Nix.
Me dice mi amado que ha de encontrarme cuando andemos en vuelo… Ah, caray: suceden varias reacciones íntimas ante singular propuesta:
Una (la intensa): ¿Pos que no ya andábamos volando? ¿Y la sensualidad acaecida apenas un fin de semana antes? ¿Y las horas de pasión trabajando ambos sobre la obra propia? ¿Y la lucha cuerpo a cuerpo contra los demonios y ocelotes? ¿Y la revolución emprendida?
Dos (la chica trivial): O sea, cómo? O sea: cómo volando? O sea que si de pronto ando por los suelos mi pareja negará su mano para apoyar mi tropiezo?? O sea que cuando haya vuelo o sea plenitud o sea solvencia económica y moral o sea sólo cuando esté así de linda nos podemos encontrar?? O sea que si ahorita me está cargando la chingada no cuento con la presencia? O sea, cómo?? Neto: o sea cómo??
Tres (el diablo): Para vuelos su abuelita de batman. En serio, la cosa es bien práctica, bien primitiva: nos unimos en manadas para preservarnos: heme aquí luchando sola contra la jauría de miserias, y mi cuate no está, sabe dónde andará fugado.
Cuatro (la feminista): Por eso me juzgan de feminista loca histérica pasada de lanza… Pero nomás describo los acontecimientos íntimos, de verdad.
Cinco (la mística-mágica-cómico-musical): Es que, chicas: ya hice varias veces la valoración de los hechos, y no hallo justicia para la ausencia con la que duramente me ha condenado mi amigo.
Seis (la razonable): Dispensen la verborrea, ya saben que como no tengo para la terapia, aplico la tarjeta de cuate frecuente para hostigarlas con mi caso crónico.
Siete (la locura): Volar, dice mi amado; pero acaso tema a las alturas (tema yo, tema él, tema de conversación). Volar. Planear. Surcar. Y yo quiero volar ahora, y mi amigo no se ha decidido a vivir el sueño en vida: tiene puesto el talento, los recursos, la vieja, los viajes… O no se ha decidido a vivir el sueño conmigo, sería más precisa la imagen de lo que quiero describir. O su sueño no es el que yo creo que él quiere… En su mano está lo que ha pedido, todo lo tiene mi querido amigo, y no lo ve, o yo no veo que lo vea, para seguir con la precisión descriptiva, o lo que yo veo no es lo que él ve… Todo lo tiene, lo que dice desear, y no lo toma, o no veo que lo tome, o la neta lo que no veo es que esté aquí, ahora, para ser preciosista en mi decir. O porque ciertamente es la imagen mía la que tal visión percibe. (Porque una es la intensa, y se me olvida, se me olvida (que no se me olvide, que por esta vez no se me olvide)).
¿He de arrepentirme de qué acto esta vez? Así como no tengo reclamo, no tengo arrepentimientos, hermosas amigas hechiceras: el amor que pedí me fue concedido, he puesto a sus pies cuanta riqueza poseía, he postrado mi DES-NUDO cuerpo en ofrenda última a la posibilidad que me fue concedida: Cosmos, Dios, Destino, Nix, Vigotsky: cumplí la ofrenda: me entregué, creí, perdoné, tuve fe. Me cae que no reniego, me cae que me re-signo, porque no hay modo de maldecir el amor.
Ocho (la ególatra-paranoica): Volar. Si yo me la paso volando, por eso no hay quien me siga el paso?? Otro más que se abruma, se vuelve bruma espesa del bosque oscuro al hacer contacto con mi atmósfera?? Será verdad la teoría, expresa por mi confesor su Excelentísimo Príncipe de Q, de que mi pensamiento es tan inverosímil y rápido que no doy tiempo a la realidad de construirse y colapsa frente a mí??
Nueve (la amante): Y es que veo nítido, por un instante ínfimo: la que desea crear y viajar por el mundo y luchar por el sustento junto al amado, soy yo. Y esa imagen es de nuevo el vulgar lugar común del príncipe azul, el caballero negro, el herrero de las manos de filigrana rococó, el muy distinguido señor B. Es de nuevo la imagen, queridas, que ataca al hombre, se le clava como los dedos al amor: en contracciones deleitosas, volátiles, en un fuego que, por supuesto, claro, verídico que incinera…
Diez (el silencio): Miro mis páginas como cuadro clínico: desdoblamiento de la personalidad. Es cierto. Soy todas ellas, disueltas las esencias en las yemas de mis dedos al presionar el músculo de la letra. Soy testigo imparcial de sus acusaciones: me sorprendo ante la furia de algunas, la claridad de otras; me sorprendo cuando me veo viéndome… Pero sigo sin comprender nada, al contrario. Ayer he visto el camino: es oscuro y pleno de espinas (dicen). Así lo vi, y el dolor no ha sido por comprender los motivos de la separación, el dolor ha sido (egoísta), más bien por la comprensión misma: comprender en la experiencia el camino a seguir por el abandonado (véanse Instrucciones para abandonados)… Un camino de espasmos y llanos infértiles, pantanos y dunas traicioneras… Y luego viene ahora la imagen de cuántas veces he recorrido a pie dichoso territorios del vacío. Pero he dicho que tengo alas… ¿Ha llegado acaso el tiempo verídico de emplearlas?
Queridas: ¿es que pueden ustedes ver que, en efecto, poseo alguna cualidad de la locura? Os advierto: estoy mostrando ante ustedes mis síntomas, para que tomen las medidas pertinentes, a fin de evitar el contagio…
Ayer mismo, queridas, mi amigo me ha reclamado la injusticia de estas letras mías para con su personalidad… He debido explicar, como explico nuevamente a todas ustedes, que se trata de una ficción, queridas. Cuántas veces os tengo que decir que dicen que con un novelista no se está nunca seguro, nunca se sabe cuándo apareceremos desnudos a la mitad de una cuartilla. Ser o no ser. Verdad o ficción. ¿¿Me entendéis, amigas?? He aquí lo que os digo: estoy enferma, contagiada de sinsentido.
Lo que es verdad, empero, es que me hallo infecta nuevamente, pero se trata ahora de un mal mutante, un engendro quimérico. Os lo digo: no beséis a nadie: corréis el riesgo de entregaros al gozo, a la dulzura, a la intensidad del hallazgo, a la pasión del desencuentro: no beséis a nadie, corréis grave peligro de vivir la intensidad, corréis peligro de vivir. No miréis a los ojos de los hombres: os podéis quedar vueltas piedra frente a la imagen de vos reflejada en él; os podéis quedar paralizadas ante la visión de lo posible, os podéis quedar a vivir con él, os podéis terminar casando… Y tras leer esta epístola, queridas, lavaos bien la mirada, que el mal de ojo también os puede hacer mal. Lavaos la memoria, las orejas y la vagina. Lavaos el instinto, el ansia y la calentura. Renunciad a la imagen.
… Pero bien sabemos que ello no es posible, sé que ninguna de vosotras podrá seguir los consejos para un amor aséptico, libre de influencias, libre de toda perturbación, aguardando la venida gloriosa… Bien sabemos que esos son cuentos de hadas, y nosotras somos brujas. Aceptemos, pues nuestra naturaleza, queridas amadas mías: en estos días he estado más enamorada de vosotras, de vuestra imagen que es presencia, que de cualquier capitán de navío o príncipe xamán.
Es la imagen de la auto-procreación la que nos llama, queridas, a sucumbir a una velada a cambio de días y días de tormento en soledad; es la imagen, amadas, quien nos empuja a interpretar hieráticos signos virtuales para exonerar los vestigios de la ausencia; es la imagen, mujeres mías: no podemos luchar contra nuestra devoción, amantes amigas: el tiempo de la manifestación es justo: vuelen nuestros nahuales por la noche placenta de nuestro origen. No podemos luchar contra la serenidad de un beso de amor…
En años de pre-cuarentena
Señora C.
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